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Bolivia necesita menos consignas y más ingeniería institucional

Martes, 12 de mayo de 2026 a las 04:00

Bolivia aún tiene recursos, ubicación estratégica, capacidad agrícola, gas, hierro, litio, tierras fértiles y capital humano. Lo que está perdiendo no es riqueza natural: es tiempo, credibilidad y capacidad de organización.

Cuando un país comienza a depender crecientemente de importaciones de combustibles, pierde reservas internacionales y enfrenta desconfianza sobre su moneda, ya no basta administrar emergencias. Debe reconstruir confianza.

Los organismos internacionales —CAF, BID, Banco Mundial y eventualmente otros mecanismos multilaterales— no entregan dinero por simpatía ideológica ni por discursos políticos. Financian proyectos técnicamente estructurados, jurídicamente viables y económicamente sostenibles.

¿Cómo funciona realmente? Primero, el país debe presentar programas claros: estabilidad macroeconómica, prioridades definidas, proyecciones fiscales, garantías jurídicas y capacidad técnica de ejecución. Luego trabajan equipos: economistas, abogados, ingenieros, especialistas sectoriales y negociadores financieros.

La elaboración seria de un programa puede tomar entre tres y doce meses, dependiendo de la complejidad y del grado de deterioro institucional. Después vienen auditorías, revisiones técnicas, aprobación política y desembolsos parciales sujetos al cumplimiento de metas.

No existe dinero rápido para países sin dirección clara.

Los bonos soberanos tampoco son magia. Son deuda respaldada por credibilidad futura. Un país emite bonos cuando los mercados creen que podrá pagar, crecer y sostener reglas mínimamente estables. Cuando la incertidumbre política aumenta, el riesgo país sube y el financiamiento se vuelve más caro o directamente desaparece.

El problema no es únicamente económico. También es jurídico e institucional.

Ningún gran inversor coloca miles de millones donde las reglas cambian constantemente, los contratos generan dudas, el sistema judicial carece de independencia, o las decisiones económicas quedan sometidas únicamente a presión corporativa o política.

Y aquí aparece una contradicción central de la Bolivia actual: Muchos sectores rechazan a organismos como el FMI, pero simultáneamente exigen subsidios, transferencias, aumentos, protección estatal y financiamiento permanente. Sin crecimiento, productividad y generación de divisas, ningún Estado puede sostener indefinidamente esa estructura.

Negociar con sectores intransigentes requiere firmeza, información transparente y límites claros. Gobernar no consiste en prometer todo; consiste en administrar recursos escasos sin destruir el futuro del país.

La historia económica mundial muestra algo simple: los países sobreviven cuando corrigen a tiempo. Cuando niegan la realidad demasiado tiempo, las correcciones terminan siendo más duras, más dolorosas y más largas.

Bolivia todavía tiene margen. Pero el tiempo económico corre más rápido que el tiempo político.

(*) Martha Jenny Hollweg Salvatierra es periodista

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