Se dieron la mano en Tarija, pero el gesto vale más por lo que simboliza que por lo que resuelve. En medio de una economía golpeada y una política crispada, el encuentro entre Rodrigo Paz y Manuel “Mamén” Saavedra rompe, al menos por un instante, la lógica del enfrentamiento permanente. No es un dato menor: en Bolivia, dialogar se ha vuelto casi un acto contracultural.
La escena deja una lectura política inevitable. Más allá del relato seductor del 50-50 —mitad recursos, mitad competencias—, lo que el país demanda es un 100/100 de diálogo y concertación. Sin acuerdos reales, cualquier reforma es retórica. Y sin confianza, cualquier política pública nace débil y con fecha de caducidad.
El desafío presidencial no es menor: construir consensos en medio de una crisis económica heredada, sí, pero crisis al fin, que no admite excusas sino resultados concretos. Gobernar hoy exige más que votos: exige escucha, negociación y renuncia al cálculo electoral inmediato. Pensar primero en el país antes que en la reelección no es una consigna ética; es una condición de supervivencia política. La historia reciente lo confirma con crudeza.
Si de diálogo se trata, el espejo está más cerca de lo que parece. En los tiempos del Acuerdo Patriótico (con Paz padre como presidente) se construyeron pactos que derivaron en reformas votadas en el Parlamento. Hubo política. Lo contrario también tiene nombre: el poder que se creyó absoluto y reemplazó el diálogo por persecución.
La reunión en Tarija no cambia el país. Pero sí define una disyuntiva: o se convierte en método, o quedará como una foto más en medio de la crisis.
(*) El autor es editor