Treinta y dos maletas viajan en un misterioso vuelo privado, aterrizan en Viru Viru, y luego hacen parte del truco más sofisticado del ilusionismo contemporáneo porque desaparecen sin dejar rastro, sin dueño identificado y, por supuesto, sin destinatario. No eran simples equipajes, claro, sino presuntos contenedores de cientos de miles de dólares, lo que las convierte automáticamente en ‘patrimonio cultural del misterio nacional’. Mientras tanto, se sabe que un ex asistente del Ministerio de Gobierno conocía del asunto, pero al desconfiar de su superior optó por la prudencia suprema de callar, no sea cosa que la realidad interrumpa la cómoda ficción institucional.
Ha pasado más de un mes y el caso sigue flotando en una penumbra digna de novela negra, solo que sin detective. Como si no bastara, la caja fuerte incautada del lujoso inmueble del capo narco Sebastián Marset decidió también reinventarse. Primero vacía, luego ‘milagrosamente’ llena de dinero, costosas joyas, relojes de lujo y otros valores que, al parecer, se reproducen espontáneamente cuando nadie mira. Un fenómeno digno de estudio científico… o de un mínimo de seriedad investigativa.
Pero aquí no se observan luces al final del túnel, quizá porque alguien olvidó pagar la factura eléctrica. En ambos episodios, la constante es la misma por certezas que se evaporan, evidencias que aparecen y desaparecen, y una institucionalidad que observa todo con la calma de quien ya no espera explicaciones. Al final, lo único consistente es la sensación de que el Estado juega a las escondidas, y casi siempre pierde la cuenta.