Hay una frase que marcó los últimos días del presidente: “cuadra o no cuadra”. El problema es que, al revisar estos primeros meses de gestión, empiezan a acumularse demasiadas cosas que no cuadran.
No cuadra que el anunciado paquete de leyes estructurales aparezca en el discurso casi cada semana, pero no llegue a la Asamblea Legislativa. No es un tema de presión política, es una urgencia económica. Cada día sin reformas es un día en el que se pierden oportunidades, se erosionan reservas y se profundiza la incertidumbre.
No cuadra lo que ocurre en YPFB. El presidente interino plantea que la estatal deje el rol comercial y apueste por exploración y producción. La pregunta es inevitable: ¿con qué capital va a asumir el riesgo petrolero? Y otra más incómoda: ¿no debería una decisión de ese calibre ser asumida por un presidente titular con respaldo legislativo?
No cuadra el debut del vocero presidencial. Calificar movilizaciones —justas o no— como conspirativas y desestabilizadoras remite a un discurso que el país ya escuchó. El eco de María Nela Prada no es precisamente una señal de renovación. Si la promesa era cambio, repetir el libreto anterior genera ruido.
No cuadra, aunque la intención sea positiva, que se destinen actos oficiales para anunciar la eliminación de fotocopias o la aplicación de “Reporta tu tranca”. En un contexto de crisis, la señal que se espera es otra: menos protocolo, más resultados concretos.
Cuando varias piezas no cuadran, deja de ser un problema de forma y pasa a ser un problema de fondo. Porque en política, la coherencia no es un detalle. Es la base de la credibilidad. Y sin credibilidad, cualquier plan —por ambicioso que sea— empieza a tambalear antes de ejecutarse.
(*) César Del Castillo es editor