La cara más miserable y perversa de los bloqueos se estrella contra los más débiles, enfermos y gente de escasos recursos que solo quiere algo elemental y que nunca debió arrebatársele: el derecho a moverse, a trabajar, a acudir a un hospital, a vivir en paz sin que los amenacen, y en definitiva, a ganarse el pan del día. Hace 20 días que sus rutinas cambiaron y aquí parece que gana el más violento. El que grita más y tira piedras está amedrentando hoy a Bolivia, ¿hasta cuándo?
El director del Hospital del Niño de La Paz, Alfredo Mendoza, no ocultó su preocupación porque se dificulta la llegada de los niños con enfermedades crónicas. Pacientes con insuficiencia renal que tienen que dializarse 24 horas y niños que reciben quimioterapia no están pudiendo acudir para recibir su tratamiento. Las enfermedades no van a dar un compás de espera por los bloqueos, los que sí pueden darlo son los bloqueadores.
A estas alturas La Paz está totalmente desprovista de alimentos y como dijo la socia fundadora del refugio de animales Senda Verde, Vicky Osorio, “hace tres semanas no se ve una sola lechuga por el lugar” y sus 1.200 animales están sufriendo, y ni qué decir los seres humanos. Bien dijo Roberto Álvarez, embajador de República Dominicana en el consejo permanente de la OEA ayer, “Cuando el conflicto político abandona los cauces institucionales y se traslada al bloqueo de carreteras, a la paralización de servicios esenciales y a la confrontación violenta en las calles, quienes primero sufren son siempre los sectores más vulnerables de la sociedad”.
(*) Gina Justiniano es editora