La economía no se derrumba de golpe. Primero desaparecen algunos productos. Luego aparecen las filas. Después llegan los sobreprecios, los negocios vacíos y los camiones detenidos. Finalmente surge la pregunta que hoy recorre Bolivia: ¿cuánto más puede resistir el país?
Los testimonios de los restaurantes paceños son más reveladores que cualquier estadística. Hablan de insumos que ya no llegan, de precios triplicados y de negocios que sobreviven día a día. El transporte pesado describe un “infarto logístico” con miles de camiones paralizados y cientos de miles de empleos en riesgo. Detrás de cada cifra hay una cadena productiva interrumpida y una familia que pierde ingresos.
La política suele medir las crisis por sus efectos sobre el poder. La economía las mide por su capacidad de destruir valor. Después de más de siete semanas de conflicto, Bolivia ya ingresó en esa fase. Las exportaciones caen, las inversiones se congelan y las empresas comienzan a operar en modo supervivencia. Lo preocupante es que el deterioro ya alcanzó a pequeños restaurantes, transportistas, comerciantes y trabajadores independientes.
“Bolivia está agotada”. La frase más contundente para describir la crisis la pronunció Gonzalo Morales, presidente de la Cámara Nacional de Industrias. Y quizá no exista una síntesis mejor. Agotadas están las empresas que acumulan pérdidas, los trabajadores que temen perder su empleo y las familias que enfrentan un costo de vida cada vez más alto.
Las crisis políticas suelen terminar cuando una de las partes cede. Las crisis económicas son distintas. Cuando finalmente concluyen, todos han perdido algo. Y Bolivia parece acercarse peligrosamente a ese punto.
(*) César Del Castillo es editor