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Cara a cara

Jueves, 25 de junio de 2026 a las 05:00

Qué gusto me da, una semana después de mi último Cara a Cara, escribir estas líneas, constatando que sí, que Bolivia no necesitó vivir más de 50 días de conflicto, tal como yo lo había anhelado. En los primeros minutos de lo que iba a ser el día 51, la declaración de un estado de excepción le dio un giro al abuso y a la cultura de la violencia disfrazada de reivindicación.

Una vez más me tocó vivirlo en persona, despertar a las 01:30 del sábado 20 de junio por el comunicado y tener que correr a prender la computadora y escribir para que unos cuantos trasnochados tuvieran el ‘breaking news’. Media atolondrada escribí todavía impactada con la noticia, tratando de asimilar rápido las implicancias de tal decisión y esperando, de corazón, que todo se desarrollara sin violencia, rezando para que el desbloqueo sea solo tener que limpiar carreteras de los escombros y no usar más gases lacrimógenos o peor, disparando balas.

Uno de los privilegios de ser periodista es ser testigos de la historia y de ser el cronista que la relata. Ese privilegio tuvimos unos cuantos la madrugada del sábado. Y ahora, cinco días después de aquella decisión que costó tanto tomar, vemos que los cobardes que pusieron a gente en las carreteras a bloquear ahora se señalan entre ellos, se acusan de no haber sabido liderar ni haber podido haber hecho efectivo el propósito: derramar sangre.

Queda mucho por hacer, si Bolivia ya estaba en el piso con una economía herida de muerte antes de los bloqueos, ¿hasta dónde más se puede descender? Hasta el subsuelo, pero si algo de positivo hay, es que una vez abajo ya no se puede caer más. A los bolivianos ahora nos toca levantarnos, sacudirnos el polvo y emprender el camino cuesta arriba.

(*) Gina Justiniano es editora

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