Hubo un tiempo en que la voz de un presidente bastaba para detener un país, abrir una etapa o anunciar una decisión capaz de cambiar el rumbo de los acontecimientos. No hablaba todos los días porque no hacía falta. Su palabra tenía peso precisamente porque era excepcional. Cuando aparecía frente a las cámaras, la ciudadanía entendía que algo importante estaba por ocurrir.
Rodrigo Paz eligió otro camino. Convirtió la comunicación presidencial en una presencia permanente y cercana en las redes sociales. Es, probablemente, uno de los mandatarios más tiktokeros de la región. Convenció de esa dinámica al presidente del BID, al de la CAF e incluso al Rey de España. Pero cuando debió conducir el relato durante la crisis de los 53 días, esa estrategia mostró sus límites.
No es la primera vez que anuncia que Evo Morales será sometido a la justicia. Gobernar también consiste en administrar la palabra. Los ministros explican. Los voceros informan. El Presidente decide. Su voz debería reservarse para los momentos verdaderamente trascendentales, porque es uno de los activos más valiosos del poder.
La economía ofrece una lección útil para entender la política. Cuando circula demasiado dinero sin respaldo, la moneda pierde valor. Con la palabra presidencial ocurre algo parecido. Cada promesa repetida, cada anuncio incumplido y cada mensaje que debe volver a decirse emiten una moneda sin sustento en los hechos. Es la inflación de la palabra presidencial. Y cuando esa moneda se devalúa, también empieza a devaluarse la autoridad de quien gobierna.