Como sostuve en mi anterior columna, siguiendo a René Zavaleta Mercado, las crisis se constituyen en extraordinarios momentos de conocimiento. Son experiencias pedagógicas que permiten ver aquello que, en tiempos de normalidad, permanece oculto. Las crisis revelan la verdadera naturaleza de los actores, exponen las estructuras del poder y obligan a aprender.
La aguda crisis política que vivió Bolivia durante cincuenta y tres días de bloqueos -con el riesgo, incluso, de derivar en una guerra civil- no dejó lecciones únicamente para el gobierno de Rodrigo Paz, que al parecer todavía tiene dificultades para asimilar sus errores. También dejó enseñanzas para quienes históricamente han sido el principal soporte del denominado “proceso de cambio”: las bases de los mal llamados movimientos sociales, a los que hoy corresponde denominar, con mayor propiedad, sindicatos corporativos.
Me refiero, entre otros, a las bases de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CUSTCB), las Bartolinas, los Interculturales, la Federación Túpac Katari, las cooperativas mineras, la COB y las seis federaciones de cocaleros del trópico de Cochabamba, sobre las que Evo Morales continúa ejerciendo un férreo control político. De todos ellos, la CSUTCB constituye el núcleo más importante, por el peso político que posee en función de su número de afiliados.
Durante dos décadas, esas bases fueron utilizadas de manera sistemática para garantizar la reproducción del poder. Primero, como una inmensa reserva electoral que dio origen al denominado “voto orgánico”. La decisión se adoptaba en la cúpula; descendía luego por toda la estructura sindical hasta llegar al último afiliado. Quien se apartaba de la línea establecida era sancionado, muchas veces con mecanismos que recordaban más a un tribunal inquisitorial.
En segundo lugar, esas mismas bases fueron convertidas en el músculo de todas las movilizaciones. Marchas, bloqueos, cabildos, vigilias y conflictos. Bajo una rígida disciplina sindical eran trasladadas de un lugar a otro como simple material de movilización. En no pocas ocasiones, incluso, como auténtica carne de cañón.
El caso de las bases cocaleras ilustra con crudeza esa lógica. Desde hace más de seiscientos días, centenares de personas son obligadas diariamente a realizar vigilias permanentes para proteger a Evo Morales, bajo amenazas y multas. El líder se convierte así en el centro absoluto de un culto político que exige sacrificio permanente. Difícilmente se puede encontrar una expresión más acabada de sometimiento.
Ahora bien, durante los 53 días del último bloqueo, esas mismas bases volvieron a ser utilizadas de manera despiadada. Sin embargo, ocurrió algo que sus dirigentes probablemente nunca previeron.
Sin proponérselo, las bases terminaron derrotando la estrategia de sus propios dirigentes. Fueron ellas las que dijeron basta. Después de casi dos meses de sacrificio inútil, comprendieron que la violencia solo beneficiaba a una pequeña élite sindical mientras ellas cargaban con todas las pérdidas. Ese fue, probablemente, el acontecimiento político más importante de toda la crisis.
Mientras los dirigentes negociaban cuotas de poder, las bases perdían cosechas. Mientras los dirigentes protegían sus privilegios, las comunidades perdían mercados. Mientras los dirigentes hablaban de revolución, las familias rurales acumulaban deudas. La distancia entre unos y otros nunca había sido tan evidente.
Quizá, Gustave Le Bon tenía razón cuando afirmaba que las masas difícilmente desarrollan conciencia crítica y que aceptan las ideas sin razonarlas. Sin embargo, las crisis poseen una virtud pedagógica que el propio Le Bon probablemente subestimó. El sufrimiento prolongado, el engaño reiterado y la evidencia cotidiana terminan produciendo aquello que parecía imposible: el despertar de la conciencia.
Si algo permitió esta crisis fue precisamente exponer, ante los ojos de las bases, el profundo abuso ejercido por una dirigencia sindical que durante dos décadas habló en nombre de los pobres mientras acumulaba poder, privilegios y riqueza.
Las comunidades nunca supieron realmente lo que hacían muchos de sus dirigentes. Ignoraron durante años los millonarios depósitos que recibían en sus cuentas personales. Los recursos destinados a proyectos, jamás llegaron a sus destinatarios. De ese modo, el aparato sindical se convirtió en un formidable mecanismo de enriquecimiento para unos pocos. Mientras tanto, las bases continuaban viviendo en las mismas condiciones de pobreza.
A ellas solo les quedaba obedecer. Pero no era una obediencia libre. Era una obediencia construida sobre el miedo, el chantaje y la intimidación. En veinte años, se perfeccionaron perversos mecanismos de control, que iban desde la llamada “muerte civil”, hasta el despojo de tierras, la expulsión de la comunidad o la quema de viviendas para quienes se atrevían a disentir.
Toda dominación necesita obediencia. Pero la obediencia tiene un límite: el momento en que quienes obedecen descubren que solo han servido para enriquecer a quienes dicen representarlos. Ese instante es profundamente político. Es el despertar de la conciencia.
Si esta crisis ha servido para que las bases comiencen a distinguir entre sus verdaderos intereses y los intereses de una dirigencia que durante años utilizó su nombre para acumular poder y riqueza, entonces el enorme sufrimiento vivido por el país habrá dejado, al menos, una lección trascendental. Porque ninguna dictadura -ni siquiera la sindical- puede sobrevivir indefinidamente cuando quienes la sostienen dejan de creer en ella. El verdadero cambio en Bolivia no comenzará cuando caiga un dirigente; comenzará el día en que despierten definitivamente sus bases.
(*) Rolando Tellería A. es profesor de la Carrera de Ciencia Política de la UMSS