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El dilema del Amboró: ¿Devaluamos el bosque o reinventamos la economía?

Lunes, 25 de mayo de 2026 a las 04:00

    

El Parque Nacional Amboró supera las 46.000 hectáreas deforestadas históricamente y estando próxima una nueva época de chaqueos que amenaza la zona de amortiguamiento, he recuperado un estudio que realicé con patrocinio de la Embajada de Francia y el Instituto Atenea el año 2020 en Samaipata que proponía superar la degradación del bosque mediante la innovación biocultural y sistemas agroforestales rentables. 
El debate sobre el Parque Nacional Amboró sigue atrapado en un bucle previsible: ecologistas que exigen un lirismo normativo impracticable desde el escritorio, y una realidad agraria que avanza devorando hectáreas por pura urgencia de supervivencia. Seguimos tratando la deforestación, el chaqueo y el loteamiento como si fueran el problema en sí mismo, cuando en realidad son solo los síntomas superficiales de una parálisis sistémica mucho más profunda.
La causa raíz saltó a la vista en el Taller de Samaipata, donde aplicando la lógica causa-efecto de la Teoría de Restricciones (TOC) se desenterró el verdadero cuello de botella invisible de la región: una Nube de Conflicto Medular sostenida por un supuesto falso que traba a toda la sociedad. Asumimos como una verdad absoluta que «no hay manera de generar ingresos inmediatos que no sea a través del uso indiscriminado de la naturaleza».
Bajo este paradigma, el productor de la zona de amortiguamiento se enfrenta a un dilema perverso. Por un lado, necesita que los Sistemas de Vida del Amboró mantengan sus funciones ambientales a largo plazo (suelo fértil, recarga de acuíferos, regulación del clima); por el otro, hoy debe comer, pagar deudas y educar a sus hijos. Cuando la normativa ambiental le exige detener la tala indiscriminada sin ofrecerle una alternativa equivalente en rentabilidad y velocidad financiera, el sistema legal lo acorrala. La urgencia del estómago siempre le ganará a la promesa del mañana.
Pedirle a un leñador que no destruya el ciclo del agua de las ciudades es ingenuo y disfuncional si el mercado premia la inmediatez de la venta de madera y penaliza la conservación. La resistencia al cambio en el Amboró no es terquedad comunitaria; es un problema de ingeniería de incentivos. El conflicto solo se evaporará cuando apliquemos una “inyección” sistémica que demuestre empíricamente que el bosque en pie genera más flujos económicos líquidos que el bosque talado.
La respuesta para la supervivencia del parque radica en la innovación biocultural y en el concepto de “uso y cuidado simultáneo”. Esto exige superar el viejo paradigma fragmentador y desplegar una estrategia integral en cuatro dimensiones que opere de forma simultánea:
En el plano de la interioridad individual y la cultura, se deben transformar los pensamientos y emociones de las nuevas generaciones mediante pedagogías críticas que muten la visión de la naturaleza de “mercancía explotable” a “territorio vivo con derechos”. Esto se operativiza en el territorio sustituyendo las asambleas de confrontación por metodologías de gobernanza como el Apthapi-Café Mundial y otras de la caja de herramientas de Javier Medina, reactivando los códigos ancestrales de reciprocidad y complementariedad.
En el plano de la acción y la estructura, el cambio se concreta capacitando a los productores en la “crianza del bosque” (sistemas agroforestales de café y cacao bajo sombra de alta gama con monitoreo digital) y consolidando mercados verdes de comercio justo. Espejos internacionales como la reconversión de cazadores en guías del Oso de Anteojos (Jucumari) demuestran que el turismo de avistamiento y los bionegocios de valor agregado multiplican los ingresos tradicionales sin destruir el ecosistema.
El Amboró no se salvará con más guardaparques persiguiendo infractores ni con leyes perfectas que mueren en la burocracia. Se salvará cuando el diseño estratégico logre que cuidar el territorio sea el negocio más rentable de la región. O cooperamos y criamos el bosque hoy para asegurar la viabilidad económica de Santa Cruz y Bolivia, o aceleramos nuestra propia extinción.
 

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