Hace unos días conversaba con un amigo sobre inteligencia artificial. La discusión era la misma que escucho casi todos los días. “¿Cuál usás? ¿ChatGPT? ¿Gemini? ¿Claude?”. Diez minutos hablando de aplicaciones, comparando respuestas y buscando cuál era “la mejor”.
Y, de repente, me di cuenta de algo curioso. Es como discutir qué marca de automóvil es mejor... mientras alguien está decidiendo quién construirá todas las carreteras. Estamos mirando la pantalla. Otros, en cambio, están construyendo el tablero sobre el que todos vamos a jugar durante los próximos años.
Hace apenas un año parecía indiscutible que Estados Unidos seguiría dominando la inteligencia artificial. Después de todo, allí nacieron OpenAI, Anthropic, Google y Meta, los nombres que todos repetimos cuando hablamos del tema. Parecía una ventaja difícil de alcanzar. Pero las cosas empezaron a cambiar. Y bastante más rápido de lo que muchos imaginaban.
La Universidad de Stanford comparó el mejor modelo estadounidense con el mejor desarrollado en China. ¿La diferencia de rendimiento? Apenas 2,7%. Leí ese dato dos veces porque, sinceramente, esperaba una distancia mucho mayor. Cuando la diferencia es tan pequeña, la pregunta deja de ser quién tiene el mejor producto.Empieza a importar quién logra ponerlo en manos de más personas. Ahí está el verdadero movimiento, y quizá también la razón por la que esta historia merece mucha más atención de la que le estamos prestando.
Mientras varias empresas estadounidenses restringen el acceso a sus modelos más avanzados, China hace exactamente lo contrario: abre modelos, reduce precios y permite que las empresas los instalen en sus propios servidores. No porque sea más generosa. Porque entendió algo muy viejo. A veces es mejor regalar la llave... para quedarse con la ciudad.
Pensemos en Android. Google nunca necesitó vender el sistema operativo más caro. Lo importante era que millones de teléfonos funcionaran con él. Después llegaron los servicios, la publicidad y todo el ecosistema que terminó generando el verdadero negocio.
Con la inteligencia artificial puede estar ocurriendo algo parecido. Quien consigue que los demás construyan sobre su tecnología termina ocupando una posición privilegiada, aunque no tenga el modelo con la puntuación más alta en una prueba de laboratorio.
Y la historia no termina ahí. Detrás de cada respuesta que genera una IA hay centros de datos funcionando día y noche. Hay servidores, sistemas de refrigeración y, sobre todo, enormes cantidades de electricidad. Muchísima más de la que solemos imaginar cuando abrimos una aplicación en el celular.
China produce más del doble de energía que Estados Unidos y ha conectado grandes parques energéticos directamente a sus centros de datos. Mientras tanto, varios proyectos estadounidenses enfrentan retrasos precisamente por limitaciones energéticas. Nunca imaginé que la electricidad volvería a convertirse en un factor decisivo para liderar una revolución tecnológica.
Y luego aparece el ingrediente que nadie fabrica de la noche a la mañana: el talento. China gradúa más de 50.000 doctores al año en ciencia, tecnología e ingeniería, alrededor de un 50% más que Estados Unidos. Más llamativo aún, cada vez son más los investigadores que deciden quedarse en su país para crear empresas propias.
Eso cambia mucho más de lo que parece. Porque el conocimiento tiene una característica curiosa: cuando un país logra retenerlo durante años, empieza a producir innovación casi por inercia. Ese tipo de ventaja no se construye de un día para otro.
No sé si China terminará ganando esta carrera. Tampoco creo que Estados Unidos vaya a perder su liderazgo de la noche a la mañana. Sigue teniendo empresas extraordinarias, investigadores brillantes y una enorme capacidad para transformar ideas en negocios globales.
Pero creo que estamos haciendo la pregunta equivocada. No deberíamos preguntarnos quién tiene el mejor chatbot. Deberíamos preguntarnos quién está construyendo las condiciones para dominar la próxima década. Y esa reflexión también nos toca a nosotros.
En Bolivia solemos discutir si la IA reemplazará empleos, si escribirá mejores textos o si hará mejores presentaciones. Claro que esas preguntas importan. Pero no son las más importantes.
La pregunta realmente incómoda es otra. ¿Estamos formando el talento que necesitará el país dentro de diez años? ¿Estamos preparando a nuestras empresas y a nuestras instituciones para aprovechar esta tecnología o simplemente esperaremos a que otros marquen el camino?
Porque los algoritmos cambian muy rápido. Las personas, no. Y al final, como casi siempre ocurre, las grandes transformaciones no las terminan ganando las máquinas, sino los países que supieron preparar a su gente antes que los demás.
(*) Orlando Saucedo-Vaca es máster en Economía/Ciencias de Datos, UCB/UCJC