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El fin de la administración municipal "Catoblepas"

Lunes, 04 de mayo de 2026 a las 04:00

La mitología clásica nos legó en el Catoblepas una advertencia que hoy adquiere una vigencia escalofriante en Santa Cruz de la Sierra. Aquella criatura descrita por Plinio el Viejo poseía un cuerpo pesado y un cuello inútil que la condenaba a mirar de forma absoluta hacia el fango. Era un ser incapaz de elevar la vista hacia el horizonte; su peligro no radicaba en una malicia de voluntad férrea, sino en su aliento venenoso y en esa ceguera voluntaria que marchitaba todo a su paso.

Esta es la radiografía exacta de la gestión municipal que por fin concluye. El "estilo Catoblepas" de gobierno se define por esa misma incapacidad de planificar o de levantar la cabeza por encima del barro de los intereses mezquinos. Se han parecido en lo esencial, en la pesadez de una burocracia inútil y en esa mirada clavada en el suelo que permitió que la ciudad se desmoronara mientras el poder pastaba en la desidia.

Hay que decirlo sin los eufemismos de la cortesía política; lamentablemente, hemos sido testigos de la gestión más miserable y vergonzosa en la historia contemporánea de nuestra ciudad. Ni en los periodos de facto, ni en las peores dictaduras, ni en las etapas de mayor precariedad económica se observó un desprecio tan manifiesto por la dignidad del ciudadano y una afrenta tan grande en la gestión municipal. Lo que este mequetrefe administrativo ha perpetrado contra el motor económico de Bolivia no tiene parangón. Si su primera incursión fue una gestión opaca y ligera, esta etapa final ha sido la consagración de la decadencia. Santa Cruz de la Sierra fue entregada a una lógica de abandono que fracturó su identidad urbana y detuvo su desarrollo justo cuando la metrópoli exigía excelencia. Es una tragedia que será recordada como el “Manual” de cómo destruir una ciudad desde adentro, sustituyendo la gestión por el escándalo y el servicio público por el botín privado.

Recorrer nuestras avenidas hoy es asistir a un espectáculo de degradación. La realidad es que nuestras calles y avenidas parecen fragmentos de un Afganistán tras la guerra. El paisaje es dantesco y presenta arterias vitales que evocan escenarios bombardeados donde los cráteres en el asfalto no son producto de explosivos, sino de la desidia soberana de quienes debieron cuidar la urbe. Es una humillación cotidiana para el cruceño ver cómo su patrimonio se destruye en calles y áreas verdes que hoy son trampas mortales. Hemos visto hospitales convertidos en monumentos a la precariedad. Parques y jardines que son verdaderos matorrales y depósitos de basura. Vemos una ciudad con un tufillo a putrefacción, a basura, por cualquier lugar donde se transita. Esta catástrofe fue posible porque se instaló la absurda idea de que la administración de una ciudad podía ser un circo de baja estofa donde el carisma vacío y la broma fácil compensaban la ausencia total de método, idoneidad y honestidad.

Ante este escenario de tierra arrasada, el nuevo alcalde municipal no tiene excusas para la inacción. Su mandato debe nacer con la determinación de una purga profunda. No estamos ante una transición común, sino ante una cruzada contra una estructura burocrática que, como han denunciado las nuevas autoridades municipales,  han pretendido normalizar la corrupción, los contratos lesivos al Estado y la malversación de fondos públicos. El nuevo Alcalde tiene el imperativo ético de denunciar cada hecho irregular que encuentre al levantar las alfombras del palacio edilicio. Por su parte, el Concejo Municipal debe abandonar el rol de espectador complaciente y apoyar sin fisuras esta lucha. La fiscalización debe ser intensa y permanente, pues cualquier amago de encubrimiento debe ser interpretado por la ciudadanía como una traición al mandato popular que hoy clama justicia sobre los escombros de la ciudad.

La justicia debe actuar bajo el rigor implacable de la Ley SAFCO (1178) y la Ley Marcelo Quiroga Santa Cruz (004). Es hora de investigar, procesar y sancionar a todos  aquellos que convirtieron el municipio en su botín personal. El enriquecimiento ilícito, los ítems fantasmas, la firma de contratos lesivos y la malversación de fondos no pueden ser anécdotas, sino causas criminales con sentencias ejemplares. No puede haber perdón jurídico para quien se sirvió a sí mismo mientras condenó a la ciudad a la ruina física. Es urgente desglosar las responsabilidades ejecutivas y civiles para recuperar lo expoliado, persiguiendo la restitución y el resarcimiento económico de cada centavo malgastado o apropiado.

La gestión municipal debe dejar de ser el refugio de los mequetrefes para convertirse en el espacio de los mejores ciudadanos. Solo a través de una investigación profunda y sin concesiones podremos sanar la herida que esta administración ha dejado en el corazón de Santa Cruz de la Sierra. Hemos vivido años de un cinismo insoportable, donde se inauguraban promesas mientras se cerraban oportunidades reales de crecimiento. El responsable de este descalabro se retira hoy por la puerta trasera de la historia, dejando una urbe que parece bombardeada pero que se mantiene de pie por la fuerza resiliente de sus propios habitantes.

El tiempo de la administración municipal con mirada perdida en el fango, de la charlatanería y de la improvisación histriónica ha terminado. Hoy debe comenzar, por fin, el restablecimiento de la ética municipal, el imperio del rigor técnico y la aplicación implacable de la justicia sobre los escombros de la corrupción. No es momento de treguas ni de amnesias políticas, sino de devolverle a Santa Cruz de la Sierra la dignidad de una ciudad que se respeta a sí misma.

(*) Yery Rojas es jurista

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