La actual crisis social y política por la que atraviesa el país deja ver, de forma inusualmente nítida, los perfiles de los sujetos antagónicos en disputa. En una ribera, aquellos que sin tapujos aceptan las condiciones del capitalismo actual y todas sus variantes, (como el capitalismo popular, antes llamado “capitalismo cholo”), en la otra, los que lo cuestionan desde diferentes horizontes (ideológicos, étnicos, milenaristas, etc.). Lo que en realidad presenciamos es un escenario de crisis orgánica y transición estructural que puede ser caracterizado como el tránsito entre un viejo orden, y uno nuevo que no termina de nacer. Coincido con muchos observadores; este proceso representa los dolores de parto de un “país cívico”, (concepto propuesto por Tessi) urbano e institucionalizado, enfrentado al “país étnico” fundado en abril de 1952 que no acepta que su final histórico ha llegado.
La emergencia de esta nueva ciudadanía no es más que el producto de las lógicas y contradicciones de la modernidad tardía, un espacio donde los referentes identitarios tradicionales sufren un proceso sistemático e incontenible de flexibilización adaptativa. Los nuevos protagonistas de la historia ya no se reconocen en colectivos ideológicos, se autoidentifican como ciudadanos portadores de derechos individuales cuyo horizonte de realización está vinculado al mérito, el consumo, la autonomía privada, a la defensa de sus derechos individuales, la propiedad privada y los Derechos Humanos, más allá de cualquier tipología étnica.
Las verdaderas tensiones emergen entre una visión de país instalado en el capitalismo, la modernidad y la democracia, y otro sector que no ha podido abandonar una visión anclada en las vertientes indigenistas e indianistas que el régimen masista reactivó como estrategia de Poder.
En el maremágnum que significan estas transformaciones, la disyuntiva histórica no radica en considerar la viabilidad o inviabilidad del capitalismo como sistema económico social, sino, en la dirección que tomará su despliegue estructural. Por un lado, se pretende instalar un capitalismo con los riesgos propios del capitalismo tardío. Políticas económicas gradualmente desreguladas, hiperindividualismo que tiende a la fragmentación del lazo social y la precarización de la fuerza de trabajo. Por el otro, la consolidación y formalización de un capitalismo nativo, capaz de articular la tradición y las formas organizativas del trabajo, la protección de las instituciones seculares y los valores nativos a los procesos productivos propios del capitalismo, es decir, un modelo que ha madurado al calor de las especificidades históricas, las virtudes y los defectos de la economía social boliviana gestado en los circuitos comerciales populares, las redes de transporte transfronterizo, los mercados gremiales, las grandes ferias y el comercio de línea blanca. Esta “burguesía popular” opera bajo una lógica singular que desafía los manuales clásicos de la economía política occidental. Se trata de un sistema de acumulación que, si bien persigue el beneficio material y la expansión del capital, funciona mediante la articulación pragmática de redes de parentesco, reciprocidades comunitarias refuncionalizadas y rituales de prestigio social que redistribuyen simbólicamente el excedente.
El conflicto del que somos testigos, en consecuencia, no nace de las contradicciones o intereses de estas modalidades de capitalismo (la cívica y la étnica) nace de una tercera que podríamos identificar como la que sacraliza la pobreza y construye una imagen y un discurso populista, orientado a magnificar el “pueblo” sumiso bajo una coreografía paternalista donde el líder se unge mesías de una miseria que promete erradicar. Un Evo Morales en potencia. Ese es el sector que se ha movilizado y desarrollado cierta capacidad de convocatoria en los sectores que la reconquista democrática desplazó.
La resolución de esta tensión determinará el carácter y la naturaleza del Estado en la Bolivia del siglo XXI, por eso es por lo que la aguda percepción social de los bolivianos nos ha permitido percibir que mas allá de cualquier contradicción manifiesta, lo cierto es que esta contienda es entre democracia y dictadura, capitalismo o cualquier versión amañada del Socialismo del siglo XXI; es, en ultima instancia, entre la democracia o la tiranía.
(*) Renzo Abruzzese es Sociólogo