Durante décadas hemos intentado explicar el éxito cruceño a través de la producción agrícola, la expansión empresarial, la inversión privada, la infraestructura o el dinamismo económico. Todos esos factores son reales y forman parte de la explicación.
Pero quizás estamos observando las consecuencias sin detenernos lo suficiente en la causa. Porque antes de convertirse en el principal motor económico de Bolivia, Santa Cruz desarrolló algo mucho más difícil de construir que una carretera, una industria o un mercado.
Desarrolló una cultura. Una cultura que permitió que cientos de miles de personas provenientes de todos los rincones del país y de varias latitudes del planeta, pudieran llegar, quedarse, trabajar, emprender y construir un futuro.
Mucho antes de que los sociólogos estudiaran los procesos migratorios o los economistas intentaran explicar el fenómeno cruceño, la sabiduría popular ya había identificado uno de sus rasgos fundamentales. El poeta cruceño Rómulo Gómez Vaca lo resumió magistralmente en su poema Desde mi Umbral: “Es ley del cruceño la hospitalidad.” No se trata de una frase costumbrista. Es una definición cultural. Una declaración de principios. Y quizás en esas pocas palabras se encuentra una de las claves más profundas para comprender la historia contemporánea de Santa Cruz.
Las sociedades cerradas suelen proteger lo que tienen. Las sociedades abiertas tienden a multiplicarlo. Las primeras observan al recién llegado con sospecha. Las segundas lo observan como una posibilidad de compartir un espacio de oportunidades.
A lo largo de las últimas décadas, Santa Cruz recibió migrantes de todo el país y también del exterior. Llegaron profesionales, comerciantes, agricultores, obreros, industriales, emprendedores y familias enteras buscando una oportunidad. Muchos llegaron sin patrimonio, sin contactos, sin certezas. Pero encontraron algo fundamental: apertura y espacio para intentarlo. Y cuando una sociedad ofrece espacio para intentarlo, termina acumulando talento, energía, trabajo, creatividad y emprendimiento.
Por eso quizás estamos formulando mal la pregunta. Nos preguntamos constantemente qué recurso explica el éxito de Santa Cruz. ¿La tierra? ¿La ubicación geográfica? ¿La inversión? ¿Los recursos naturales?
Tal vez el principal recurso estratégico de Santa Cruz nunca estuvo debajo de la tierra. Ni en sus campos. Ni en sus carreteras. Ni en su ubicación. El principal recurso de Santa Cruz fue una cultura que convirtió al extraño en vecino y al migrante en participante. Fue una cultura que no preguntó primero de dónde venía alguien, sino qué estaba dispuesto a construir. Fue una cultura que entendió que cada persona que llegaba podía representar una nueva oportunidad para todos. Fue, en esencia, la cultura de la hospitalidad.
Quizás por eso la historia reciente de Santa Cruz puede entenderse mejor no como una historia económica, sino como una historia humana. La historia de barrios construidos por personas de distintas regiones y países. De emprendimientos nacidos de la mezcla de experiencias y culturas. De hijos que crecieron sintiéndose cruceños aunque sus padres hubieran nacido a cientos o miles de kilómetros de distancia.
Mientras muchos seguían discutiendo las diferencias entre bolivianos, Santa Cruz se convirtió en el lugar donde los bolivianos aprendían a convivir entre sí.
Eso no significa que la ciudad sea perfecta. Significa que la filosofía social y cultural dominante ha sido históricamente la apertura antes que el cierre. La incorporación antes que la exclusión. La bienvenida antes que el rechazo. Y esa diferencia importa. Porque las culturas producen consecuencias.
Durante años se ha debatido sobre el llamado “modelo cruceño”. Generalmente se habla de productividad, inversión o crecimiento. Pero tal vez el verdadero modelo cruceño comenzó mucho antes de la economía. Comenzó cuando una sociedad decidió abrir sus puertas. Por eso resulta insuficiente definir a Santa Cruz únicamente como un polo de desarrollo productivo.
Santa Cruz es también una experiencia social exitosa. Una demostración práctica de que personas provenientes de distintas regiones y culturas pueden compartir un mismo espacio de oportunidades.
Porque las sociedades más exitosas no son aquellas que levantan muros para proteger lo que tienen. Son aquellas que abren puertas para multiplicar lo que pueden llegar a ser.
(*)