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La ciudad que enseñamos: manifiesto sobre la responsabilidad de construirla

Lunes, 27 de julio de 2026 a las 05:00

Cada generación recibe una ciudad y tiene una única oportunidad de mejorarla. 

Ninguno de nosotros recordará cuánto costó construir un edificio dentro de cincuenta años. Nadie hablará de su rentabilidad ni del tiempo que tardó en venderse. Pero todos seguiremos caminando frente a él. Seguiremos viendo la plaza que decidió construir o la que nunca existió. Las inversiones pasan. La ciudad permanece. Y con ella permanece también lo que decidimos enseñar. Porque la ciudad no es una suma de edificios. Es la expresión física de una cultura. Es el lugar donde una sociedad revela qué considera importante, qué está dispuesta a proteger y qué legado quiere dejar. 

Por eso construir nunca ha sido únicamente un acto económico. Es, ante todo, un acto cultural.

Este manifiesto nace de una convicción: construir ciudad es una responsabilidad compartida. Los arquitectos debemos comprender que nuestra profesión no consiste únicamente en diseñar edificios. Consiste en construir cultura. Cada proyecto modifica la vida de miles de personas que jamás conocerán a quien lo proyectó. Cada decisión permanece mucho más allá de nosotros. Nuestra responsabilidad no termina en los límites de un terreno: comienza allí donde el edificio se encuentra con la ciudad. Las universidades tienen el deber de formar criterio antes que estilo. Deben enseñar que proyectar no es solamente resolver un programa: significa asumir una responsabilidad con la ciudad y con quienes la habitan. 

El Colegio de Arquitectos debe asumir un papel más activo como referente cultural. Su responsabilidad trasciende la representación gremial. Debe promover el pensamiento crítico, reconocer la excelencia y recordar que la arquitectura es un bien cultural antes que un producto inmobiliario. 

El municipio tiene la responsabilidad de construir una visión de ciudad. No basta con aprobar planos o hacer cumplir normativas. Gobernar una ciudad también significa promover calidad, incentivar la buena arquitectura, proteger el espacio público y comprender que cada decisión urbana moldea la identidad de Santa Cruz. 

Los desarrolladores también construyen ciudad, no solo patrimonio privado. La verdadera rentabilidad no debería medirse únicamente en metros cuadrados vendidos, sino en el valor permanente que cada proyecto deja a la ciudad que lo hace posible. 

Pero la ciudad necesita algo más que edificios privados. Necesita museos, bibliotecas, teatros, centros culturales, parques y plazas donde las personas puedan encontrarse, aprender, contemplar y reconocerse como parte de una misma comunidad. Son símbolos. Lugares donde una comunidad aprende quién es. Donde una ciudad expresa sus mayores aspiraciones. Donde los niños descubren que la cultura también puede habitar la arquitectura. 

Santa Cruz vive un momento excepcional. Pocas veces una ciudad tiene la posibilidad de construir una parte tan importante de su identidad en tan poco tiempo. Ese privilegio implica una enorme responsabilidad. No deberíamos conformarnos con crecer. Deberíamos aspirar a convertirnos en una ciudad ejemplar. Una ciudad donde cada edificio contribuya a mejorar la calle. Donde cada proyecto fortalezca el espacio público. Donde la excelencia deje de ser una excepción para convertirse en la norma. Donde la arquitectura despierte orgullo colectivo y nos recuerde, todos los días, que somos capaces de hacer las cosas mejor.


Sebastián Fernández de Córdova es arquitecto

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