Netflix acaba de estrenar “Miguel Ángel Blanco. Las 48 horas que lo cambiaron todo”. No es solo un documental sobre un secuestro y un asesinato. Es, sobre todo, un intento de rescatar del olvido uno de los episodios que marcaron la historia reciente de España. Ese es, precisamente, su mayor mérito.
Más que el relato del secuestro, hubo un dato que me dejó pensando. Cerca del 60% de los jóvenes españoles ya no sabe quién fue Miguel Ángel Blanco. No es un dato sobre España. Es un dato sobre el tiempo.
Cada generación nace sin memoria. Nadie recuerda lo que no vivió. La memoria no viaja en los genes. Se construye. Y si nadie la alimenta, termina olvidándose como esas fotografías viejas que llevan años guardadas en un cajón.
En julio de 1997, ETA secuestró al joven concejal Miguel Ángel Blanco y dio al Gobierno español un plazo de 48 horas para trasladar a centenares de presos etarras a cárceles del País Vasco. Toda España vivió aquellas horas pegada a la radio y a la televisión. Las plazas se llenaron de ciudadanos que exigían su liberación. Cuando ETA lo asesinó, algo cambió para siempre. El terrorismo no terminó —la organización aún mataría durante catorce años más—, pero comenzó una movilización ciudadana que la aisló socialmente.
Fernando Aramburu, uno de los autores contemporáneos que más admiro, lleva años haciendo, desde la literatura, lo que este documental intenta, desde el cine: rescatar una memoria que empieza a desvanecerse. Patria es probablemente la novela más importante escrita sobre las décadas de violencia etarra. Pero también Maite vuelve a ese territorio donde el miedo deja de ser noticia para convertirse en una forma de vivir. La literatura y el documental comparten, al final, la misma tarea: impedir que el olvido termine absolviendo aquello que la historia ya condenó.
Todas las sociedades tienen episodios que no pueden permitirse olvidar. El documental terminó llevándome a Bolivia. ¿Cuántos jóvenes saben hoy quién fue Noel Kempff Mercado? ¿Cuántos conocen realmente qué ocurrió en Huanchaca? ¿Cuántos entienden que aquel asesinato no fue solo la muerte de uno de los científicos más importantes que ha tenido el país, sino también el momento en que el narcotráfico mostró públicamente hasta dónde podía llegar para proteger sus intereses?
En septiembre se cumplirán cuarenta años de la tragedia de Huanchaca. Tenemos libros, investigaciones periodísticas, numerosos reportajes e incluso una dramatización televisiva realizada hace años por SAFIPRO. Lo que todavía nos falta es un documental que reconstruya aquellos hechos con la perspectiva que solo concede el paso del tiempo. No para alimentar nostalgias ni reabrir heridas, sino para hacer algo mucho más importante: explicarles a quienes nacieron décadas después por qué ese crimen cambió la forma en que Bolivia empezó a mirar el narcotráfico.
Los documentales cumplen una función que a veces olvidamos. No solo informan. Educan. Humanizan las cifras. Devuelven nombres a las estadísticas. Convierten una fecha en una historia y una historia en una advertencia.
Antes, la memoria viajaba de generación en generación alrededor de una mesa familiar. Hoy esa tarea también la asumen las novelas, los documentales y las series. No sustituyen a los historiadores, pero consiguen algo que los manuales escolares rara vez logran: despertar empatía. Y sin empatía no existe memoria duradera.
Vivimos en una época que registra compulsivamente el presente, pero administra muy mal el pasado. Fotografiamos el desayuno, filmamos el concierto, sacamos selfies y almacenamos miles de imágenes que nunca volveremos a mirar. Mientras tanto, olvidamos acontecimientos que contribuyeron a construir el país en el que vivimos.
La verdadera pregunta no es por qué el 60% de los jóvenes españoles desconoce quién fue Miguel Ángel Blanco. Es cuántos jóvenes bolivianos saben hoy qué ocurrió en Huanchaca. Porque la memoria no sobrevive por sí sola. Necesita narradores. El olvido empieza a ganar el día en que nadie vuelve a contar la historia.
(*) Alfonso Cortez es Comunicador Social