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Mundiales de fútbol: lo bueno y lo feo

Jueves, 02 de julio de 2026 a las 05:00

Para mí, los campeonatos mundiales de fútbol existen desde 1950. Antes hubo varios, pero no están en mi vida. Sé que hubo grandes selecciones y formidables jugadores que se enfrentaron en 1930, 1934 y 1938. Pero esos mismos jóvenes se estaban matando a tiros en 1939. ¿Es posible que la juventud pasara de los campos de fútbol a las trincheras? ¿Que en vez de un “faul” el castigo fuera un tiro? 

Pues el Mundial de 1950, hubiera pasado desapercibido para mí, porque era un niño que aprendía a leer, si no fuera que los uruguayos ganaron, contra todo pronóstico a las estrellas de Brasil. El “maracanazo” de los charrúas fue apoteósico y hasta escandaloso en el fútbol mundial. 

Del campeonato de 1954 ya me enteré, estando en la escuela primaria, que los alemanes habían derrotado en la final, inexplicablemente, a la formidable Hungría de Puskas, Csibor y Koksis, con un gol de un desconocido Helmuth Rahn. Otra sorpresa, que, para Alemania, tuvo un grandioso significado. 

En 1958 ya tenía la suficiente edad como para deleitarme con las noticias que llegaban por los periódicos, las radios y se veían en los cines, desde Suecia, que contaban de las maravillas de Pelé, Didí y Garrincha; de los goles de Just Fontaine y de un formidable arquero ruso al que apodaban la Araña Negra. Fue la primera Corona de la Jules Rimet ganada por Brasil. 

En 1962, el Mundial fue en Chile, donde yo estudiaba la secundaria, y pude sentir los partidos en contacto con la gente y mis compañeros chilenos, aunque no verlo sentado en las graderías, por su precio. Pero ya iniciaba la televisión, primitiva todavía, en blanco y negro, y se podía disfrutar mirando las jugadas y viendo al “scrach” haciendo malabarismos de la mano del cojitranco y escurridizo Mané Garrincha (para mí el mejor puntero de la historia) conductor y goleador del equipo de ese año por la lesión de Pelé, llevándose nuevamente la Copa a las playas de Río.

Hasta ahí, me devoraba todo lo que tenía que ver con los mundiales, y me apasionaba el fútbol, aunque siempre fui un mediocre jugador, lejos de las condiciones de mi hermano Julio. Los siguientes campeonatos en Inglaterra (1966), México (1970), Alemania (1974), Argentina (1978), España (1982) que fue el único que seguí en la cancha, México (1986) con Maradona como fenómeno, Italia (1990), Estados Unidos (1994) donde participamos los bolivianos con nuestra mejor selección de todos los tiempos, Francia (1998), Corea del Sur y Japón (2002), Alemania (2006), Sudáfrica (2010), Brasil (2014), Rusia (2018), Qatar (2022) y el actual Mundial que se reparten México, Estados Unidos y Canadá como sedes, los sigo encantado porque es una incógnita de quién ganará. 

Todos los campeonatos, desde donde estuviera, los he seguido con enorme interés, y me he admirado de los renovados “cracks”, que, como Cruyff, Beckembauer, Maradona, Zidanne, y sobre todo los superdotados Cristiano Ronaldo, Messi y quien pueda surgir ahora, asombran al mundo. 

Escribo esta nota cuando ayer, lunes, los paraguayos, bravos como siempre, heroicos cuando hay que ser, eliminaron a Alemania, siempre favorita, pero esta vez muy pobre y descalabrada. Ha sido la gran sorpresa de este Mundial junto a la eliminación de Uruguay, otro de los grandes, que cayó frente a España. Pero bien, en lo que se viene, nada se puede apostar sin temor, porque todos los equipos son peligrosos, ahora que en la primera ronda cayeron los más débiles.

El actual Mundial nos trae sorpresas y alegrías, pero también sinsabores que no sabemos si tendrán arreglo. El primero y más odioso tiene que ver con las decisiones del VAR. Eso de que un gol – o un golazo – sea anulado porque la uña del pie o la nariz del autor esté adelantada unos centímetros es intolerable. Jamás, a lo largo de los mundiales, que han sido tantos y tan entrañables, se ha cometido semejante disparate. Magníficas jugadas, decisivos goles, quedan borrados de la historia futbolística porque dos o tres centímetros los anularon. La hinchada y el público aplauden felices un gol, se abrazan, se felicitan, y de pronto el árbitro se acerca al VAR, mira, y anula la jugada anunciando la sentencia de muerte por su micrófono. Algo hay que hacer al respecto porque estas modernidades le quitan brillo y muchas veces defraudan el deporte mismo.

Lo otro, que parece algo de señoritas, de niños, es eso de la “rehidratación”. ¿A quién se le ha ocurrido dislate semejante? ¿Cómo interrumpir a dos equipos que están dando todo en la cancha, para que tomen agua y se refresquen, suspendiendo el juego? ¿Pero que fútbol es ese? ¿Tan mal están físicamente los futbolistas de hoy? ¿O es que las comodidades que exigen las divas llevan a este despropósito ridículo? ¿Acaso no está claro que una interrupción puede desfavorecer o unos o favorecer a otros en momentos clave? 

Dicen que en Miami o en cualquier región caliente del planeta el calor hace que los jugadores no puedan respirar adecuadamente. Pues bien, lo que falta es que en Moscú o Varsovia, haya el “recalentamiento” y que en medio juego los futbolistas de acerquen durante unos minutos a unas estufas para que el frío no les afecte. 

Tanto los “off-side” de un jugador narigón, que de tantas cosas lindas nos evitan gozar, como como la antipática y antideportiva “rehidratación”, son dos asuntos que se deberían considerar entre los genios de la FIFA, para que en el próximo Mundial estén archivados. 

(*) Manfredo Kempff Suárez es escritor

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