La dinámica de las marchas recientes no solo refleja una disputa coyuntural por el poder político, sino que expone la reactivación de fisuras estructurales de larga data que la arquitectura estatal boliviana no ha logrado resolver plenamente. La protesta en La Paz evidencia un escenario social nítidamente escindida. Por un lado, el bloque que exige la renuncia presidencial constituido a partir de organizaciones de raigambre popular, con un denso componente indígena y migrante que históricamente ha instrumentalizado la ocupación del espacio público como su principal mecanismo de interpelación al Estado, y una filiación evista casi incuestionable. En el polo opuesto, la emergencia de movilizaciones ciudadanas compuestas por sectores mestizos y migrantes urbanos (muchos de ellos de origen indígena andino integrados a la dinámica citadina) que marchan bajo la consigna del respeto a la democracia, el libre tránsito y el derecho a trabajar, introduce una complejidad crucial. Esta contraposición no se reduce a un esquema binario simplista de clase o etnicidad pura, en realidad revela las grandes mutaciones de los sujetos colectivos en el escenario urbano contemporáneo, en gran medida producto de las transformaciones ejecutadas en al menos los últimos veinte años.
Hemos llegado al cenit de un prolongado y complejo sistema de contradicciones étnicas y de clase. Durante el siglo XX, el poder hegemónico de las organizaciones obreras, nucleadas principalmente en torno al sindicalismo minero funcionaron como el gran articulador de las demandas populares, subordinando la identidad étnica a la condición de clase. No siquiera la COB reconocía a las organizaciones indígenas consideradas pequeñoburguesas por su condición de propietarias de la tierra que cultivaban. Sin embargo, el colapso y debilitamiento de este sujeto histórico obrero terminó por liberar aquellas tensiones subyacentes que la estructura republicana del siglo XIX y parte del XX intentó invisibilizar y que, la Revolución Nacional de 1952 liberó mediante la ciudadanía que instalo el Voto Universal y el mestizaje homogeneizador. Al disolverse el dique de contención sindical-clasista poderosamente encriptado las organizaciones sindicales, las identidades étnico-culturales han emergido como los nuevos vectores de la movilización y del conflicto.
El núcleo de esta conflictividad afinca en una necesidad histórica profunda: definir la naturaleza sociocultural del país. La crisis actual fuerza la sociedad civil y a sus estructuras de poder hacia una disyuntiva teórica y práctica fundamental, que puede resumirse como la pugna entre la consolidación de una “nación cívica” o la afirmación de una “nación étnica”, (Tessi)[1].
La opción de la “nación cívica” se sostiene sobre el principio de la ciudadanía universal, la institucionalidad democrática liberal y la igualdad formal ante la ley, un modelo que los sectores urbanos y mestizos defienden como garantía de estabilidad frente al desborde corporativo y sindical. Por contraparte, la noción de “nación étnica” (o plurinacional) postula que la legitimidad del orden político debe fundamentarse en el reconocimiento de las identidades preexistentes, las autonomías territoriales y los derechos colectivos de los pueblos indígenas, entendiendo al Estado no como una comunidad homogénea, sino como un pacto entre naciones culturalmente diferenciadas refrendadas en la abstracta noción de “pueblo”.
En conclusión, la batalla en las calles de La Paz es la manifestación externa de un debate inconcluso sobre la soberanía y la pertenencia, sobre la naturaleza misma del Estado Nacional. Al agotarse los viejos moldes de mediación política y corporativa desplegados por el nacionalismo revolucionario primero, y el populismo después, el país se encuentra ante el imperativo de resolver si su futuro institucional se estructurará a partir de un pacto ciudadano de corte liberal-republicano o mediante la refundación radical de sus bases identitarias, un dilema que arrastra las promesas insatisfechas del siglo pasado hacia las incertidumbres del presente, o en su defecto, la asimilación plena de la modernidad, el liberalismo y el capitalismo tardío, se trata en el fondo, de una contienda epocal entre los resabios del siglo XX, y las estremecedores pulsiones del siglo XXI.
(*) Renzo Abruzzese es sociólogo
[1] Hacer Plata sin Plata, Nico Tessi, 2014; PIEB La Paz