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Un país detenido

Jueves, 28 de mayo de 2026 a las 04:00

La Paz ya no amanece: resiste. Resiste entre barricadas improvisadas, marchas interminables, llantas quemadas, gases lacrimógenos y una sensación colectiva de agotamiento que se ha instalado como otra capa del viento gélido del altiplano. Bolivia atraviesa una crisis que no es únicamente política ni únicamente económica. Es una crisis emocional. Una fractura social visible en las carreteras bloqueadas, en los mercados vacíos, en las discusiones familiares, en las conversaciones de taxi y en el miedo silencioso de quienes no saben si mañana podrán llegar a sus trabajos, a sus hospitales o a sus casas.

La sede de gobierno y El Alto se han convertido en el corazón palpitante de una confrontación diaria. Hay marchas multitudinarias, enfrentamientos constantes con la Policía, columnas de mineros, sindicatos, maestros rurales, campesinos, vecinos movilizados y ciudadanos que han salido a protestar porque sienten que el país ya no les responde. Las rutas que conectan La Paz con el resto del país permanecen bloqueadas por días enteros. El cerco no es solo territorial; es psicológico.

Sin embargo, lo más inquietante no son únicamente los bloqueos. Lo más inquietante es la forma en que Bolivia parece haberse acostumbrado a vivir permanentemente enfrentada consigo misma.

La semana pasada estuve en la Chiquitania. Y allí, lejos del ruido paceño y de la intensidad política del altiplano, descubrí que la división nacional también atraviesa los caminos del oriente. Vi bloqueos. Vi personas cansadas. Vi transportistas detenidos durante horas mirando el horizonte con resignación. Pero también vi algo más profundo: dos Bolivias enfrentadas incluso dentro de una misma carretera.

Estaban quienes apoyaban el bloqueo convencidos de que no existe otra forma de ser escuchados. Y estaban quienes observaban con impotencia cómo sus trabajos, sus negocios y su rutina quedaban paralizados una vez más. Nadie parecía equivocado. Nadie parecía inocente.

Eso mismo lo volví a presenciar en La Paz, camino al Valle de las Ánimas, donde hoy radico. Allí también escuché discusiones entre quienes defienden las medidas de presión y quienes sienten que el país entero está siendo tomado como rehén. Lo que más me impresionó no fue el conflicto en sí, sino la normalidad con la que convivimos con él.

Bolivia se ha convertido en un país donde la confrontación dejó de ser excepcional para convertirse en paisaje.

Y quizá esa sea nuestra tragedia más grande.

Porque detrás de cada bloqueo hay una historia distinta. Hay un campesino que siente abandono estatal. Hay un comerciante que ya no puede sostener las pérdidas. Hay una madre que no encuentra medicamentos. Hay un joven indignado. Hay un chofer desesperado. Hay un trabajador que cree que protestar es el único idioma que todavía escucha el poder. Y también hay ciudadanos agotados de vivir entre amenazas de colapso permanente.

La crisis actual no nació de la nada. Se alimenta de años acumulados de desconfianza, polarización, promesas incumplidas y profundas desigualdades regionales y sociales. Pero también se alimenta de una costumbre peligrosa: la de reducir toda diferencia política a una batalla moral entre buenos y malos.

Y eso es exactamente lo que he visto en estos días recorriendo carreteras y ciudades.

Cada bando está convencido de poseer toda la verdad.

Los que protestan creen que defienden la dignidad popular frente a un gobierno incapaz de responder a la crisis económica. Los que rechazan los bloqueos sienten que se está destruyendo la institucionalidad y condenando al país a una parálisis interminable. Ambos hablan desde el miedo. Ambos hablan desde la frustración. Ambos hablan desde heridas pasadas.

Pero mientras discutimos quién tiene razón, Bolivia se deteriora frente a nuestros ojos.

Los mercados se vacían. El combustible escasea. Los precios suben. Las escuelas suspenden clases presenciales. El turismo pierde millones. Los hospitales comienzan a sentir desabastecimiento. Las familias vuelven a almacenar comida como si el país estuviera entrando en un estado de supervivencia permanente.

Lo más doloroso es que muchas veces el ciudadano común queda atrapado entre dos fuegos: entre un Estado que responde tarde y una protesta que también termina castigando a los más vulnerables.

Y aun así, reducir esta crisis únicamente a “vándalos” o “golpistas”, como hacen algunos discursos oficiales, sería una simplificación peligrosa. Del mismo modo, romantizar cualquier forma de bloqueo como si todo sacrificio social fuera automáticamente heroico también resulta irresponsable.

Bolivia necesita algo que hoy parece escaso: matices.

Necesitamos volver a escuchar antes de etiquetar.

Necesitamos comprender que el país no está dividido solo ideológicamente; está dividido emocionalmente. Hay una rabia acumulada en distintas regiones, clases sociales y generaciones. Una sensación compartida de incertidumbre. La gente ya no sabe hacia dónde va Bolivia. Y cuando un país pierde horizonte, el conflicto deja de ser un episodio y se convierte en identidad.

Tal vez por eso las carreteras bloqueadas generan una imagen tan simbólica. No solo representan la interrupción del tránsito. Representan un país detenido. Un país incapaz de avanzar porque cada sector camina en direcciones opuestas.

En la Chiquitania escuché a un hombre decir algo que todavía me acompaña: “Aquí nadie gana ya”. Y quizá esa sea la frase más honesta de esta crisis.

Porque incluso quienes creen estar venciendo políticamente están perdiendo socialmente.

Estamos perdiendo confianza mutua. Estamos perdiendo capacidad de diálogo. Estamos perdiendo sensibilidad frente al sufrimiento ajeno. Y eso termina siendo más grave que cualquier coyuntura.

Hay algo profundamente triste en ver a Bolivia acostumbrarse al conflicto como forma habitual de existencia. Como si la violencia simbólica y física fuera inevitable. Como si la única manera de negociar fuera paralizando ciudades, cercando departamentos o enfrentando policías en las calles.

La normalización del caos tiene consecuencias silenciosas. Deteriora la salud mental colectiva. Desgasta la convivencia. Convierte la agresividad en lenguaje cotidiano.

Y termina heredándose a nuevas generaciones que crecen creyendo que el país siempre será un campo de batalla.

Por eso esta columna no busca señalar culpables absolutos. Busca describir una sensación nacional que muchos estamos viviendo: la sensación de un país cansado de sí mismo. Un país donde incluso viajar se convierte en una experiencia política. Un país donde una carretera puede dividir familias, amistades y comunidades enteras. Un país donde cada conversación parece obligarnos a elegir un bando inmediatamente.

Pero quizá el desafío sea precisamente resistirse a esa lógica binaria.

Porque Bolivia no necesita más trincheras. Necesita puentes. Necesita liderazgos capaces de escuchar sin fanatismo. Necesita ciudadanos capaces de reconocer el dolor del otro incluso cuando no comparten sus métodos o sus ideas. Y necesita, sobre todo, recuperar algo esencial: la noción de comunidad.

Mientras escribo estas líneas, continúan las marchas, los bloqueos y la tensión. La Paz sigue sitiada por la incertidumbre. Pero también pienso en las personas que vi en la Chiquitania, en los rostros cansados en las carreteras, en los silencios incómodos dentro de minibuses detenidos, en los comerciantes esperando vender algo, en quienes protestan convencidos de luchar por justicia y en quienes solo desean llegar a casa sin miedo.

Todos son Bolivia.

Y quizás la pregunta más urgente no sea quién vencerá esta crisis, sino qué país quedará después de ella.

(*) Gloria Ardaya es escritora y estudiante de filosofía

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