Hace algunos años visité Caipepe, una comunidad del mundo guaraní, en el Chaco boliviano. Allí estaba don Ruperto, por entonces alcalde de su comunidad. Lo encontré en el patio de su casa, que es una manera de decir, en medio del bosque seco. Hace un par de días que llovía y, como la mayoría de sus vecinos, don Ruperto tampoco había ido a trabajar. ¿Por qué? Porque los caminos se ponían “feeeeos” y esa era razón suficiente. Hablábamos del agua, que antes no tenían y ahora sí (gracias a una oenegé), y ante mi pregunta de por qué ahora que había agua, no tenían cuarto de baño, lavamanos, ducha, inodoro (usaban el monte o pozos ciegos), don Ruperto, igual que sus vecinos, movió la cabeza lentamente como si aquella fuese una grave pregunta y concluyó que “sería una buena cosa” o “eso mismo estábamos pensando”.
Ruperto tenía cuatro hijos y deseaba para ellos “otra forma de vivir”. Decía: “Nosotros, como comunidad, no tenemos, somos de escasos recursos”, por eso valoraba mucho que sus hijos fueran a la escuela en Charagua para que puedan ser “un poquitito mejor que él”, “sólo un poquito”, insistía. Finalmente, don Ruperto suspiró y dijo: como el Estado es “el papá de Bolivia”, debiera darles más atención.
Las responsabilidades del Estado -o la ausencia de éstas- están claras. Lo que rescato de aquella escena, sin embargo, es la experiencia que, a propósito, acaba de reiterarme un hombre que sabe mucho y que vivió varios años en Charagua, desde el lado de las oenegés, y que cuenta el desafío que fue encarar la dependencia de aquellas poblaciones originarias respecto del Estado, dependencia que, desde su punto de vista, encuentra respuesta en la memoria histórica de siglos de esclavitud, sin responsabilidad sobre sí mismos, y cuyos sustitutos de patrón bien pudieron ser los gobernantes, la iglesia o las oenegés. Lo interesante será el final, al final.
Al mismo tiempo, encuentro otras piezas interesantes. Por ejemplo, una charla de Diego Ayo con Franklin Pareja, politólogo, que subraya la capacidad, el motor, la fuerza productiva de El Alto y Santa Cruz como polos, no sólo complementarios sino incluso gemelos, del desarrollo nacional: producen y viven, dice Franklin, “independientemente del Estado”. No es sin pedirle al Estado, sino a pesar de las falencias del Estado, pero sobre todo, sin depender de que éste haga o deje de hacer. Ellos trabajan, producen, no se detienen. Y, en el mejor de los casos -cosa que efectivamente sucede en el caso de Santa Cruz- proponen salidas, soluciones; así o asá, proponen.
Entonces entra en escena otro personaje, también desde el mundo de las oenegés, sobre todo desde la formación política minera de cuna, luego jesuita, un pedagogo inconformista. Éste tuvo a su cargo, durante muchos años, precisamente la formación política de los sujetos más inesperados del escenario nacional; jóvenes líderes indígenas de las más diversas procedencias de todos los rincones del país, incluido el personaje que sabemos y que me resisto a nombrar. El colofón de aquellas reflexiones proponía un giro fundamental: pasar del “pliego petitorio” a la propuesta de políticas públicas. ¿Qué sucedió?
Decir que se aplazaron sería demasiado simplista. No todos. Qué más prueba, precisamente de política pública, es sino el reconocimiento de los territorios indígenas o la propia Asamblea Constituyente y la carta constitucional (con todos sus matices). Lo que es evidente es más bien la clara distinción entre quienes efectivamente reprobaron y los que no. Hay varios, precisamente en la marcha indígena que se detuvo y que al mismo tiempo se aproxima a La Paz, donde demasiados intereses se mezclan y confunden. La maestra Wilma Plata, por ejemplo, pertenece al grupo de los reprobados. De qué otra manera, si no, se puede entender que defienda a la COB en vez de combatirla precisamente por su absoluta degradación y, más aún, tenga como única propuesta el eterno estribillo de dos estrofas, hace años degradado a pedidos imposibles de gesto autoritario: “de lo contrario” / “huelga de hambre y paro nacional indefinido”. La señora Plata nunca pasó la materia “del pliego petitorio a la propuesta de políticas públicas”.
En cambio, los indígenas guaraníes del sur, muy pronto comprendieron, por ejemplo, que aquellas demandas, aún construidas desde afuera, a través del PISE: Producción, infraestructura, salud, y educación, podían ellos apropiárselas. Dijeron: “Ya no haremos la revolución con flechas, sino con lápiz y papel”. Y generaron su propia política pública: su propia educación intercultural bilingüe, su propio sistema de salud, sus propias prácticas organizativas. Fueron capaces de dejar atrás a ese “papá” lejano porque comprendieron que no era él quien iba a cambiar la historia ni el desgastado pliego repetido, sino ellos mismos.
Sólo así podríamos comenzar a escribir otra historia.
(*) Cecilia Lanza Lobo es periodista