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¿De quién es Bolivia? La identidad no nace, se construye

Martes, 14 de julio de 2026 a las 05:00

La pregunta puede parecer incómoda, incluso innecesaria: ¿de quién es Bolivia? La respuesta inmediata parecería obvia: Bolivia es de todos los bolivianos y bolivianas. Pero basta observar algunas reacciones frente a decisiones públicas recientes para descubrir que, en el fondo, seguimos teniendo una discusión pendiente sobre el significado de pertenecer.

La designación del exasambleísta cruceño Zvonko Matkovic como presidente del directorio de ENDE en Valle Hermoso, Cochabamba, abrió nuevamente una vieja tensión nacional: la idea de que determinados espacios, responsabilidades o instituciones deberían estar reservados para quienes nacieron en un territorio específico. El debate, más allá del nombre de una persona y del cargo que ocupa, revela una pregunta más profunda: ¿es el lugar de nacimiento el que define nuestro derecho a participar en la construcción de un país?

La afirmación del alcalde de Santa Cruz, Manuel “Mamén” Saavedra, al señalar que “el boliviano tiene derecho a trabajar en cualquier lugar del país”, parece recordar algo que debería ser una certeza democrática: la ciudadanía no termina en los límites de un departamento.

Sin embargo, en Bolivia todavía convivimos con una paradoja. Por un lado, celebramos nuestra diversidad regional, nuestros pueblos, nuestras culturas y nuestras historias locales. Por otro, muchas veces convertimos esas diferencias en fronteras invisibles que determinan quién pertenece y quién es visto como extraño.

Quizás el problema no está en amar profundamente la tierra donde nacimos. Ese amor es legítimo y necesario. Las regiones tienen memoria, tienen símbolos, tienen formas particulares de comprender la vida. Nadie debería renunciar a sus raíces para sentirse parte de una nación. El problema aparece cuando las raíces se convierten en muros. Cuando la identidad deja de ser una forma de reconocernos y se transforma en un mecanismo para excluir a los demás. Cuando la pregunta deja de ser qué puede aportar una persona y pasa a ser solamente de dónde viene.

Pero la historia demuestra que ninguna sociedad se construye desde la inmovilidad. Las ciudades, las regiones y los países son resultado del encuentro. Las comunidades humanas nunca han sido espacios cerrados; son organismos vivos que cambian con los desplazamientos, los intercambios y las nuevas generaciones.

Santa Cruz, Cochabamba, Sucre, La Paz y cada departamento de Bolivia son también producto de quienes llegaron desde otros lugares, de quienes encontraron allí una oportunidad, de quienes aportaron su trabajo, sus conocimientos y sus sueños. La identidad de una ciudad no está solamente en quienes nacieron dentro de ella, sino también en quienes ayudaron a construirla.

Entonces, ¿por qué seguimos pensando que el origen geográfico puede ser más importante que la capacidad, la responsabilidad o la voluntad de servir?

El lugar donde nacemos forma parte de nuestra historia, pero no debería convertirse en una sentencia sobre nuestro destino. La identidad no es una fotografía congelada. Es una construcción histórica. Somos lo que heredamos, pero también lo que hacemos con esa herencia. Somos nuestras raíces, pero también nuestros caminos. Un país no se construye únicamente con personas que permanecen en el mismo lugar durante toda su vida. Se construye con ciudadanos que se desplazan, que estudian en otras regiones, que trabajan lejos de su tierra natal, que forman familias en nuevos territorios y que enriquecen las comunidades donde llegan.

La historia de Bolivia está llena de esos movimientos. La migración interna ha transformado nuestras ciudades y ha creado nuevas identidades. Muchas familias bolivianas tienen historias cruzadas: abuelos nacidos en una región, padres en otra y generaciones actuales creciendo en espacios distintos. Pretender que la identidad es una pertenencia territorial rígida sería desconocer nuestra propia realidad.

Por supuesto que existen legítimos debates sobre la representación regional, sobre la necesidad de que las decisiones públicas comprendan las particularidades de cada territorio y sobre la importancia de fortalecer liderazgos locales. Una democracia sana necesita voces diversas y autoridades conectadas con las comunidades a las que sirven. Pero una cosa es defender la participación regional y otra muy distinta es convertir el nacimiento en una condición de pertenencia. La primera fortalece la democracia. La segunda la limita.

La pregunta que deberíamos hacernos no es si una persona nació en un departamento determinado, sino si tiene la preparación, la ética y la responsabilidad para asumir una función. No deberíamos evaluar a los ciudadanos por el lugar donde comienzan su historia, sino por aquello que son capaces de construir.

Porque si aceptamos que un boliviano o boliviana puede ser cuestionado por trabajar en otra región simplemente porque nació en otro lugar, estamos reduciendo la idea misma de nación.

El regionalismo puede ser una expresión sana cuando significa orgullo, cuidado y compromiso con la tierra propia. Pero se vuelve peligroso cuando se transforma en una forma de exclusión, cuando nos hace olvidar que antes de pertenecer a una región también compartimos una ciudadanía.

Tal vez el desafío de Bolivia no sea eliminar nuestras identidades regionales, sino aprender a integrarlas en una identidad más amplia. Porque una persona no deja de ser cruceña por trabajar en Cochabamba, ni deja de ser cochabambina por construir su vida en Santa Cruz. Una persona no pierde sus raíces cuando amplía sus horizontes. Al contrario: las raíces tienen sentido precisamente porque permiten crecer.

La pregunta “¿de quién es Bolivia?” no debería responderse con una lista de regiones, apellidos o lugares de nacimiento. Bolivia pertenece a quienes la habitan, a quienes la trabajan, a quienes la sueñan y a quienes asumen la responsabilidad de construirla.

La identidad no nace terminada. No es una herencia cerrada que recibimos al nacer. La identidad se construye todos los días, con encuentros, con aportes, con diferencias y con la voluntad de reconocernos como parte de una misma historia.

Quizás ese sea el aprendizaje que esta controversia nos deja: Bolivia será más fuerte cuando dejemos de preguntarnos quién tiene derecho a pertenecer y empecemos a preguntarnos qué podemos hacer juntos y juntas para construir un país donde todos y todas podamos pertenecer.

(*) Gloria Ardaya es escritora y estudiante de Filosofía

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