Todavía hay estudiosos de la sociedad que creen que la conflictividad puede ser reducida a una simple explicación económica. La economía es muy importante, claro está, pero no puede representar el todo. Confían en su receta: diferencian formas de acumulación de capital, derivan una estructura social y a partir de ahí fuerzan la explicación de fenómenos culturales y simbólicos.
Viene bien reflexionar acerca de esto, tomando en cuenta que el pasado 29 de mayo murió el filósofo Edgar Morin, férreo crítico de la monocausalidad a través de su teoría de la complejidad. La realidad social está moldeada por la interconexión de elementos virtualmente infinitos.
En 1980 el economicismo marxista dominaba los círculos académicos bolivianos y había decidido que la interpretación regionalista de la sociedad era una falacia “superestructural”. Fue el historiador beniano José Luis Roca quien se encargó de refutar a detalle esa arbitrariedad académica a través de sus publicaciones. Él no sostenía la imposibilidad de la explicación marxista, solo hacía notar que la comprensión regional también era posible.
Pero, actualmente, hay publicaciones que insisten en plantear que la conflictividad boliviana se reduce a lo económico, en este caso, al choque de dos modelos: el popular y el moderno. Y se afirma, además, de forma muy osada, que la problemática regional ya no se la puede interpretar como lo hacía Roca, debido a la cosmopolitazión actual de las regiones. Es un argumento astuto, pero no deja de ser falaz.
Bolivia fue un país profundamente regionalista desde su fundación, debido principalmente a su histórica desarticulación territorial y cultural. Y eso no es algo malo en sí mismo, sino la forma en que los propios bolivianos visualizaron y comprendieron su propia conflictividad. Ya arribado cierto atisbo de modernización en los siglos XX y XXI y la consecuente urbanización de sus capitales, estos conflictos regionales centenarios no fueron borrados de la mentalidad de sus habitantes y tampoco lo harán las interpretaciones maniqueas y forzadas de hoy en día.
Los ejemplos son elocuentes. Recientemente, por redes sociales, a alguien se le ocurrió comparar un mapa de los actuales puntos de bloqueo con un mapa de intención de voto en las recientes elecciones presidenciales. Es difícil comprender esa cartografía sin una aproximación regional.
Podemos incluso tomar también ejemplos del tan citado segmento poblacional “nacional-popular”. La activista feminista María Galindo tuvo recientemente la brillante idea de agraviar de forma grotesca un elemento cultural muy importante del Oriente Boliviano: el tipoy. Grande fue su sorpresa cuando posteriormente intentó unirse a un grupo de indígenas de tierras bajas que compartían su visión política, pero se hallaban decepcionados por la ofensa que había hecho a su región cultural.
Por último, más allá de lo que se pueda pensar, las interpretaciones marxistas pecan de regionalistas, incluso sin quererlo. El concepto “nacional-popular” no podía ser más andinocentrista y solo pudo aplicarse a la realidad cruceña luego de la masiva migración de personas de ese origen a la región.
Intentar invisibilizar el regionalismo boliviano no producirá algo bueno porque es negar un proceso social evidente. Este país ya sufrió demasiada intolerancia para continuar sosteniendo una más y más aún, en el ámbito académico. El regionalismo puede ser, de hecho, un poderoso instrumento de construcción nacional a través de formas políticas ingeniosas.
(*) Juan Pablo Paredes Daza es sociólogo. Master en Estudios Cruceños