Cada cierto tiempo, en las noticias y redes sociales aparece -y con razón- la gran preocupación por el estado de abandono y deterioro en el que se encuentra el Centro Histórico de Santa Cruz de la Sierra, y las opiniones, en general, rápidamente apuntan hacia la restauración del patrimonio arquitectónico, el mejoramiento del espacio público, la reorganización de la movilidad urbana o la promoción de actividades económicas, culturales y turísticas, para evitar que el corazón de la ciudad siga yendo hacia lo que pareciera ser su inexorable destino.
Estas sugerencias, si bien necesarias, sólo se enfocan en atender las consecuencias visibles del deterioro urbano, sin intervenir, tal vez por lo complejo, en la causa estructural: la pérdida progresiva y aparentemente irreversible de su población residente.
Es necesario -y desafiante- reconocer que el despoblamiento del Centro Histórico es el principal factor desencadenante de su obsolescencia funcional. La disminución de habitantes, reduce la dinámica de consumo cotidiano, debilita el comercio local, disminuye la vigilancia natural, incrementa la percepción de inseguridad, desincentiva la inversión privada y acelera la destrucción de las edificaciones. La pérdida sostenida de la población residente viene produciendo, desde hace más de dos décadas, un efecto dominó sobre su vitalidad urbana.
En este sentido, resulta urgente un cambio de paradigma basado en una premisa central: el verdadero punto de partida para revertir la condición actual de nuestro centro histórico, no es la restauración de sus edificios, sino la recuperación de su capacidad para ser habitados. Esta lectura sistémica debiera modificar profundamente la forma en la que se deben definir los planes y acciones para su revitalización. Si la causa principal es la pérdida de habitantes, la recuperación de la vivienda debiera ser la principal tarea que asuma el gobierno municipal, apoyado por organismos de financiamiento externo y por políticas de desarrollo de la vivienda a nivel departamental y nacional. Claro que es más fácil acomodar una plaza, o colocar árboles en las aceras, pero condiciones extremas requieren de visión técnica a largo plazo y de acciones valientes y decididas.
Tradicionalmente, la recuperación de centros históricos ha seguido una secuencia en la que la intervención física antecede a la recuperación social, es decir que primero se busca restaurar el patrimonio arquitectónico, su espacio público, ordenar la movilidad urbana, promover el turismo y el comercio, pensando que finalmente, la gente volverá a vivir en ellos. Pero esta idea sólo ha dado como resultado, en la práctica, la “museificación” de los mismos. Se podrá mejorar la imagen urbana de un centro histórico, pero difícilmente se logre reconstruir su vida cotidiana.
Para el caso de Santa Cruz, cuando nos encontramos casi “en fojas 0” en las tareas que requiere el área central, resultaría un gran acierto si, dentro de un plan integral, se invierte el orden tradicional y se sitúa a las personas como punto de partida del proceso de recuperación urbana, priorizando la residencia mediante la promoción de proyectos de vivienda que generen comunidad. La comunidad promueve la apropiación del espacio público; un espacio público activo favorece una movilidad más segura y sostenible; la presencia cotidiana de personas, fortalece la economía local; y todo ello en conjunto crea las condiciones necesarias para conservar el patrimonio de forma duradera. Son los habitantes quienes garantizan la permanencia del patrimonio en el tiempo y no al revés.
Una vivienda vacía -sea o no patrimonial- conserva su valor arquitectónico, pero pierde gran parte de su función urbana. Una vivienda habitada, en cambio, mantiene activo el tejido de relaciones sociales, económicas y culturales, fortaleciendo la identidad del centro histórico y contribuyendo a su sostenibilidad. Desde este punto de vista, conservar el patrimonio implica también priorizar y conservar a quienes lo habitan. La vivienda del área central tiene que dejar de ser un componente secundario y convertirse en la infraestructura social fundamental dentro del plan de revitalización.
Es importante aclarar que la recuperación de la función residencial no debe orientarse hacia procesos de sustitución social o gentrificación. Se tiene que garantizar la permanencia de los residentes tradicionales, a la vez que se incorporan nuevos habitantes, mediante políticas de vivienda asequible, incentivos para la rehabilitación patrimonial y los usos de suelo mixtos, así como la definición de mecanismos de protección frente a la especulación inmobiliaria.
El paradigma planteado, se enfoca en consolidar no sólo un centro histórico, sino un barrio vivo, diverso e inclusivo, donde distintas generaciones y grupos sociales compartan el mismo espacio urbano. La reactivación residencial inclusiva debe ser una estrategia que combine armoniosamente la conservación patrimonial, la equidad social y el desarrollo sostenible.
Revitalizar el centro histórico de Santa Cruz, por lo tanto, implica necesariamente reconstruir las condiciones que hacen posible la vida urbana en él. Solo cuando nuestro centro vuelva a ser un lugar donde las personas deseen vivir, éste podrá recuperar plenamente su rol como corazón histórico, cultural y social de nuestra ciudad.
(*) Marina Bonino es arquitecta e investigadora