El domingo pasado asistí al Salón Argentino de La Paz, donde residentes, visitantes, amigos y curiosos se reunieron para ver la final del Mundial. Afuera, la ciudad continuaba con su ritmo habitual, indiferente quizá a la tensión que crecía detrás de aquellas puertas. Adentro, en cambio, se había formado una pequeña patria: una comunidad provisional sostenida por camisetas celestes y blancas, abrazos, cábalas y una esperanza compartida.
Las patrias, a veces, caben en un salón.
Antes del inicio del partido todo era euforia. Circulaban los vasos de fernet y las empanadas pasaban de mano en mano. Se discutían alineaciones, se recordaban partidos anteriores, se repetían pronósticos con esa seguridad que solo existe antes de que la realidad los contradiga. Había risas, fotografías, saludos entre personas que quizá no se conocían, pero que por algunas horas se reconocían como parte de algo común.
El fútbol tiene esa capacidad: suspende las distancias y fabrica una intimidad colectiva. Personas de distintas edades, trayectorias y condiciones sociales se descubren pronunciando las mismas palabras, temiendo al mismo tiempo y esperando el mismo desenlace. No elimina las diferencias, pero las coloca momentáneamente entre paréntesis. Durante ciento veinte minutos la individualidad acepta integrarse a un nosotros.
Cuando comenzó a sonar el himno argentino, todos y todas se pusieron de pie. Las conversaciones cesaron. Algunas manos se apoyaron sobre el pecho; otras rodearon los hombros de quienes estaban al lado. El himno fue cantado a viva voz, con una intensidad que no parecía provenir únicamente del partido. Había algo más profundo en aquel gesto.
Quien vive fuera de su país sabe que los símbolos cambian cuando se contemplan desde la distancia. Una bandera que en el territorio propio puede parecer cotidiana adquiere, lejos de casa, la fuerza de una aparición. Una canción aprendida durante la infancia deja de ser una formalidad y se convierte en un puente. De pronto, el himno no habla solamente de una nación abstracta: habla de la familia que quedó lejos, de las calles conocidas, de los sabores de la infancia y de una pertenencia que la migración vuelve más consciente.
Tal vez por eso se cantaba con tanta fuerza. No se trataba únicamente de acompañar a once jugadores. Se trataba de afirmar, en medio de otra geografía: seguimos perteneciendo.
El partido comenzó y, poco a poco, la euforia inicial se convirtió en tensión. Argentina no atacaba como lo había hecho durante otros encuentros del Mundial. Parecía jugar más preocupada por defender lo conseguido que por construir lo que todavía faltaba. En los entretiempos comentábamos esa impresión. Se hablaba de cautela, de cansancio, de estrategia. Algunos defendían el planteamiento; otros reclamaban mayor decisión.
Pero el fútbol, como la vida, no siempre premia a quien se limita a conservar.
Existe una forma de miedo que se disfraza de prudencia. Nos ocurre en el deporte, en la política y también en la vida cotidiana. Ante la posibilidad de perder, preferimos proteger lo que tenemos. Retrocedemos. Calculamos. Cerramos espacios. Pensamos que evitar el riesgo equivale a evitar la derrota, sin advertir que algunas derrotas comienzan precisamente cuando renunciamos a avanzar.
No afirmo que un partido pueda explicarse mediante una sola idea. El fútbol es demasiado imprevisible para someterlo a una fórmula. Pero mientras observaba a Argentina defender, pensé en cuántas veces las personas y las sociedades actuamos de la misma manera: cuidamos tanto lo conquistado que terminamos perdiendo la capacidad de imaginar algo nuevo.
La esperanza también necesita movimiento.
El tiempo avanzaba y el salón se hacía más silencioso. Cada ataque español provocaba una respiración contenida; cada recuperación argentina despertaba por segundos la ilusión. Los cuerpos se inclinaban hacia la pantalla como si esa cercanía pudiera modificar la trayectoria de la pelota. Algunos caminaban nerviosamente. Otros permanecían inmóviles, refugiados en sus cábalas. Ya casi nadie probaba las empanadas. El fernet había dejado de ser celebración y se había convertido en una compañía para la espera.
Entonces llegó el gol de España.
Durante unos segundos nadie supo qué hacer. El grito que estaba preparado para la alegría quedó suspendido en las gargantas. Las miradas permanecieron fijas en la pantalla, quizá esperando que una repetición corrigiera lo ocurrido, que apareciera una falta, una posición adelantada o cualquier argumento capaz de devolver el partido al instante anterior.
Pero algunas imágenes no retroceden.
El silencio comenzó a habitar el lugar. Se sentó en las mesas, recorrió las camisetas, apagó las conversaciones. Estaba en los ojos de quienes habían llegado horas antes convencidos de que la noche terminaría en festejo. Estaba también en las manos que buscaban otras manos, no ya para celebrar, sino para sostenerse.
Cuando terminó el encuentro, la comunidad argentina comenzó a habitar la tristeza.
No fue una tristeza escandalosa. No hubo grandes discursos ni explicaciones suficientes. Algunas personas se abrazaron. Otras permanecieron sentadas mirando una pantalla que ya no podía ofrecerles nada. Alguien intentó recordar el mérito de haber llegado a la final. Otro habló del orgullo por el camino recorrido. Eran palabras verdaderas, pero todavía demasiado pequeñas frente a la derrota.
Toda pérdida necesita primero ser reconocida antes de convertirse en aprendizaje.
Vivimos en una época que exige recuperarnos rápidamente. Se nos pide pasar de página, rescatar lo positivo, demostrar fortaleza. Incluso la tristeza parece necesitar una justificación o un plazo. Pero hay momentos en los que apresurarse a superar una pérdida significa negarse a comprenderla. Habitar la tristeza no es rendirse ante ella; es concederle un espacio para que diga aquello que la euforia no podía decir.
La derrota revela nuestra vulnerabilidad. Nos recuerda que desear intensamente algo no garantiza alcanzarlo; que el esfuerzo no siempre obtiene recompensa; que ninguna celebración puede programarse por anticipado. Frente a ella, se derrumba por un instante la ilusión de control con la que organizamos la existencia.
Sin embargo, la tristeza compartida también produce comunidad.
Quienes estaban reunidos en aquel salón no podían cambiar el resultado, pero podían acompañarse. El mismo nosotros que se había formado alrededor de la esperanza permaneció después de la derrota. Ya no cantaba ni brindaba. Simplemente estaba allí. Y acaso esa permanencia sea una de las formas más profundas de la solidaridad: quedarse cuando desaparece la promesa de la fiesta.
Es fácil pertenecer durante la victoria. La alegría atrae, reúne y multiplica las voces. Más difícil es permanecer cuando llega el silencio. Allí se revela si una comunidad estaba unida solamente por el triunfo o si era capaz de reconocerse también en la fragilidad.
Pensé entonces que quizá las naciones se construyen tanto con sus celebraciones como con sus duelos. No somos únicamente los trofeos que levantamos ni las victorias que recordamos. Somos también las finales perdidas, los proyectos que no alcanzaron su destino y las esperanzas que debieron aprender a transformarse.
Al salir, La Paz seguía allí: fría, elevada, ajena al resultado y, al mismo tiempo, hospitalaria con aquella tristeza extranjera. El salón comenzó a vaciarse y la patria provisional se desarmó lentamente.
Quedaban algunos vasos, platos, banderas y conversaciones inconclusas.
Pero también quedaba una certeza: durante varias horas, un grupo de personas había construido una comunidad alrededor de un deseo. Después, cuando ese deseo no se cumplió, había permanecido unido alrededor de su ausencia.
Tal vez de eso se trata habitar una derrota: no de convertirla inmediatamente en consuelo, sino de permitir que nos recuerde que somos vulnerables, que necesitamos a otros y que ninguna identidad verdadera puede sostenerse únicamente en la victoria.
Porque hay días en que una comunidad celebra. Y hay otros, más silenciosos, en los que aprende a acompañarse.
Gloria Ardaya es escritora y estudiante de Filosofía