En la puerta de entrada al infierno –descrita por el poeta italiano Dante Alighieri en el Canto III del Infierno y sus círculos tenebrosos, en su obra La Divina Comedia– reza una advertencia: ¡Vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!
Este debería ser, quizás, el letrero que cuelgue en las puertas de Palacio de Gobierno, para que todos aquellos que –ufanos– ingresan en su interior ungidos con un cargo de poder o con la máxima investidura como presidente, tengan en cuenta que no les aguarda calma y paz, sino tempestades, noches en vela y mucha, muchísima soledad.
El poder tiene este lado oscuro que muchos piensan torcer o esquivar con argucias o cierta inmodestia intelectual. No es así. Propios y ajenos, caen estrepitosamente y son devorados por esta boca oscura del ejercicio del poder. Y no es solamente un adagio para los gobernantes bolivianos, sino que lo es para una enorme mayoría de los gobernantes poderosísimos del mundo. Desde los tiranillos, que creen que concentrando poder zafarán de las tinieblas, o de las almas nobles –que no existen– que creerán ingenuamente que ese escudo los librará de todo mal.
El poder, aunque sea mínimo, esconde un alto precio a pagar: la soledad. Y el mal uso de esta circunstancial ventaja, conlleva a una soledad absoluta. Lo saben quienes desfilaron por esos pasillos donde mordieron la pólvora de la calumnia y la permanente sensación de un cuchillo en la espalda, a manos de un traidor. El poder es sólo para valientes y hasta, quizás, para desquiciados.
El poeta Alighieri, en compañía de Virgilio, descienden por los círculos del infierno para encontrarse con los más grandes pecadores de la humanidad y donde son eternamente castigados con dolor y desesperación y donde la palabra “esperanza” está formada, precisamente, por nueve letras al igual que los nueve círculos del infierno.
Para la psiquiatría moderna, la búsqueda de poder es una forma de enfermedad mental. Se lo cataloga como el síndrome de Hubris: la adicción al poder explicada por la neurología y que sostiene que se trata de un trastorno psiquiátrico que se caracteriza por un ego desmedido.
La propia etimología de la palabra Hubris nos conduce, además, hasta un concepto griego que significa “desmesura”, lo opuesto a la sobriedad y a la moderación. Las personas con este síndrome presentan un ego desmedido, arrogancia y narcicismo. Los estudios demuestran que, cuanto mayor poder tiene y ejerce una persona, más propenso es a intensificar el síndrome. Es el caso de Trump, Putin, Ortega, Milei, Chávez y Maduro en todo su esplendor y ahora con sus sustitutos, los hermanos Rodríguez en Venezuela. Todos, en mayor o menor medida, padecen de una soledad extrema que los aísla y los hunde en un abandono social complejo.
Esta soledad del poder, además, advierte sobre cómo este duro aislamiento emocional y la pesada carga de decidir a solas, secuestran a los gobernantes de una manera brutal. Aunque estén rodeados de gente, la última palabra y la responsabilidad recaen siempre en una sola persona y su conciencia al final de la noche. Están ellos solos y su almohada en la negrura de un cuarto.
Nadie en su sano juicio quisiera padecer este síndrome. Por eso, para los especialistas, la búsqueda de poder es una forma de trastorno mental. La factura es demasiado grande. Demasiado pesada. Demasiado feroz. Para desearla, buscarla y asirse de ella.
Por eso los que detentan poder ven en cada pasillo o reunión un intento de golpe. Una sedición. Un complot. Una trampa. La confianza se desvanece. La mente se cierra y todos son enemigos. Basta ver y escuchar a Evo Morales y su constante diatriba de que todos están en su contra. Es un enfermo mental atrapado en su propia Hubris. Ataca porque se siente atacado. Insulta porque se siente insultado. Le pasó a Arce y su absoluta soledad con más del 90% de la población en su contra. Ahora recluido en una celda, más solo que nunca y abandonado a su suerte en uno de los míseros círculos del infierno de Dante.
Comedia a veces, tragedia otras, tragicomedia la mayoría de las veces, la soledad del poder ha recorrido los capítulos de la historia humana de un modo recurrente y apenas se nos hace posible encontrar una tradición cultural que no lo aborde con insistencia.
La soledad no deseada es ese sentimiento de no poder contar con alguien, algo que no tiene nada que ver con vivir acompañado o estar rodeado de mucha gente, ya que hasta el que cree tener muchos amigos puede sufrir esta soledad silenciosa, discreta e invisible. Es sentirse profundamente aislado sin quererlo y que provoca un gran sufrimiento.
Es ese Calígula de Albert Camus que, considerándose imprescindible para el mundo, se contempla a sí mismo como una especie de encarnación del destino y, finalmente, aburrido del oficio de hombre, adopta la profesión de dios: “Nadie comprende al destino y por eso me he erigido en destino. He adoptado el rostro estúpido e incomprensible de los dioses”...en soledad.
Javier Medrano es comunicador social