La reciente reactivación de URUPABOL presenta una oportunidad estratégica para Bolivia. En un contexto global marcado por asimetrías de poder, fragmentación internacional y competencia por corredores logísticos, Bolivia debe entender URUPABOL como una palanca geopolítica y geoeconómica.
URUPABOL es un arreglo minilateral, es decir, un acuerdo entre pocos países con intereses pragmáticos convergentes. En ese marco, permite aumentar capacidad de incidencia, coordinar agendas concretas y evitar la parálisis que suele caracterizar a los esquemas más amplios y que explica, por ejemplo, la lentitud del Mercosur. En el Mercosur, Bolivia sola tiene un margen de negociación limitado frente a grandes economías y poblaciones como Brasil o Argentina. Articulando posiciones conjuntas con Uruguay y Paraguay, ese desequilibrio se reduce.
En un trabajo académico publicado a inicios de año, «Minilateralismo como estrategia institucional para Bolivia en un orden internacional multipolar: una aproximación neoinstitucionalista», sostengo que los arreglos minilaterales son particularmente eficaces en contextos de heterogeneidad internacional, donde los grandes consensos resultan difíciles y los costos de coordinación son altos. Lejos de debilitar la integración regional, estos mecanismos, si empleados sabiamente, pueden volverla operativa: traduciendo principios generales en proyectos concretos, especialmente en infraestructura, comercio y logística.
URUPABOL encaja exactamente en esa lógica. Los tres países comparten una condición estructural: economías en apertura, dependencia de corredores de exportación y la necesidad de reducir costos logísticos para mejorar su competitividad global. No es casual que la Hidrovía Paraguay–Paraná esté en el centro de la agenda. Para Bolivia, país mediterráneo, este eje no es solo una cuestión técnica, sino un asunto clave de inserción internacional.
La reactivación de URUPABOL adquiere mayor relevancia ahora que Bolivia es miembro pleno del Mercosur. Y esto también abre una ventana estratégica. El país puede desempeñar un papel de bisagra entre la Comunidad Andina y el Mercosur, articulando flujos comerciales, logísticos, productivos e incluso regulatorios entre ambos espacios, otorgando mayor competitividad a las economías regionales. Ese rol de puente no es simbólico; es geoeconómico. América del Sur tiene mucha más fuerza global como región que fragmentada entre países independientes.
URUPABOL permite a Bolivia proyectarse en dimensiones donde el impacto es medible y acumulativo, como la integración física, la conectividad aérea, la coordinación portuaria, la facilitación del comercio y el involucramiento del sector privado. En un escenario global cada vez más organizado en torno a cadenas de suministro, estos factores definen ganadores y perdedores. Por eso, el desafío no es solo reactivar URUPABOL, sino dotarlo de contenido estratégico. Convertirlo en un espacio de coordinación real, con proyectos priorizados, cronogramas claros y articulación público-privada. Para Bolivia, esto significa pasar de una inserción reactiva a una inserción inteligente. Implica usar el minilateralismo para amplificar su voz, reducir vulnerabilidades estructurales y consolidar su rol como nodo regional.
En tiempos de geopolítica fragmentada, pensar en pequeño puede ser una forma eficiente de jugar en grande. URUPABOL ofrece a Bolivia esa posibilidad. Ahora toca aprovecharla.
(*) Guillermo Bretel es máster en Ciencias Políticas y Sociología