A las seis de la mañana, cuando la ciudad todavía bosteza, muchas madres bolivianas ya llevan horas despiertas. Preparan desayuno, buscan medias perdidas, alistan mochilas, dejan comida adelantada y organizan el día antes de salir a trabajar. Horas después volverán a casa para empezar otra jornada: cocinar, limpiar, escuchar, contener, cuidar.
La escena se repite todos los días en Bolivia, aunque pocas veces se la mira como lo que realmente es: una pieza central de la economía.
Cada 27 de mayo el país celebra el Día de la Madre entre mensajes de amor y sacrificio. Pero detrás de esa imagen entrañable existe otra realidad más silenciosa y compleja. Las madres no solo sostienen afectivamente a las familias; sostienen también gran parte del funcionamiento social y económico del país mediante un trabajo cotidiano que sigue siendo invisible y, en la mayoría de los casos, no remunerado.
“Sin este trabajo sería imposible sostener la economía, la educación, la salud y el bienestar social”, explica Andrea Llerena, jefa de ONU Mujeres en Bolivia. Y el concepto que pone sobre la mesa no es menor: el cuidado.
Cocinar, limpiar, acompañar tareas escolares, atender enfermos, cuidar adultos mayores o sostener emocionalmente a una familia forman parte de una estructura invisible sobre la que descansa la vida cotidiana del país.
El problema es que esa carga todavía tiene rostro femenino
En Bolivia, las mujeres entre 28 y 37 años dedican en promedio 6,5 horas diarias al trabajo de cuidado no remunerado. Los hombres llegan apenas a 3,8 horas. En comunidades rurales e indígenas, muchas mujeres destinan entre siete y diez horas diarias a estas tareas, además de trabajar o generar ingresos.
El informe Tiempo para cuidar, elaborado por Oxfam, describe esta situación como una “crisis del cuidado”: las mujeres ingresaron masivamente al mercado laboral, pero la distribución de las tareas domésticas y de cuidado dentro de los hogares casi no cambió.
El resultado es una doble jornada permanente
“La sobrecarga limita la autonomía económica de las mujeres, reduce sus oportunidades laborales y afecta incluso su derecho al descanso y al autocuidado”, sostiene Llerena.
Ahí aparece uno de los conceptos más duros —y menos discutidos— del debate actual: la pobreza de tiempo.
Muchas mujeres no solo ganan menos. También tienen menos horas para descansar, estudiar, crecer profesionalmente o simplemente existir fuera de las obligaciones familiares. Mientras el mercado laboral exige productividad, los hogares continúan descansando sobre un modelo donde el cuidado sigue siendo considerado una responsabilidad “natural” femenina.
El informe de Oxfam advierte que la economía no puede entenderse únicamente desde el dinero o el mercado. También depende de millones de horas de trabajo cotidiano que permiten sostener la vida.
Detrás de cada oficina abierta, cada micro en circulación y cada aula llena, existe alguien que cuidó, cocinó, limpió o sostuvo emocionalmente a otra persona.
Y ahí aparece otra palabra clave: corresponsabilidad
Para ONU Mujeres y diversos organismos internacionales, el cuidado no debe recaer exclusivamente en las mujeres ni únicamente en las familias. El desafío implica redistribuir responsabilidades entre hombres, Estado, empresas y comunidad.
La discusión ya no pasa solo por homenajear a las madres, sino por preguntarse cómo se organiza el tiempo, quién cuida y bajo qué costo emocional, económico y físico.
Los datos muestran además una transformación cultural silenciosa. El propio informe recoge una frase reveladora: “Lo que antes se sobrellevaba como normal, ahora las jóvenes lo viven como injusto”.
En América Latina, el debate sobre cuidados ya dejó de ser únicamente social o familiar. Países como México, Colombia y Costa Rica avanzan en sistemas nacionales de cuidado, políticas de corresponsabilidad y programas para redistribuir las tareas domésticas entre hombres, Estado y empresas.
Bolivia todavía discute ese camino. Pero cada vez resulta más evidente que el cuidado no es solo un gesto de amor privado. También es infraestructura invisible de la economía, tiempo de trabajo y una condición básica para sostener la vida cotidiana.
Y quizás esa sea la reflexión más urgente de este 27 de mayo: ninguna sociedad puede seguir funcionando indefinidamente sobre un trabajo esencial que todavía no aprende a reconocer, redistribuir ni cuidar.