La nutripsicóloga Liliana Aguilera explicó en el programa Para Ellas, que el hambre emocional es la necesidad de comer impulsada por emociones como la tristeza, la ansiedad, el estrés o la frustración, y se diferencia del hambre física porque no surge por una necesidad biológica del organismo. Mientras el hambre física aparece de manera gradual y puede satisfacerse con distintos alimentos, el hambre emocional suele ser repentina y está asociada al deseo de consumir productos específicos, generalmente altos en azúcar, grasas o calorías.
Según la especialista, cuando una persona atraviesa un estado emocional difícil, el cerebro busca mecanismos para sentirse mejor y, en muchos casos, recurre a la comida como una fuente rápida de bienestar. Esto ocurre porque los alimentos con alto contenido calórico generan una sensación de recompensa y energía inmediata, ayudando temporalmente a disminuir el malestar emocional.
Señaló que el hambre emocional puede tener consecuencias tanto en la salud física como en la emocional, favoreciendo el aumento de peso, sentimientos de culpa y dificultades para gestionar las emociones. Ante estos episodios, recomienda identificar qué emoción está provocando el deseo de comer y buscar alternativas saludables para afrontarla, como caminar, conversar con alguien de confianza o practicar técnicas de relajación.