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“Creo que no soy tan pobre, pero sí pertenezco a la clase social baja”, dice Humberto Bustillos, un repartidor de agua embotellada que en la pandemia por Covid-19 ha visto ‘evaporarse’ su salario.

Su explicación es que los pobres viven en lugares alquilados; en cambio, él tiene casa propia y también un auto. “Si alquiláramos, estaríamos en una situación crítica”, reconoce el también dirigente del barrio 10 de Octubre, camino a Paurito, que vive en casa con su esposa, cuatro hijos y los dos suegros.

Ganaba Bs 2.000 al mes, le bajaron la paga a Bs 1.800 y actualmente, debido a la crisis de la empresa en la que está, le cancelan Bs 80 por día, siempre y cuando venda 20 botellones. “Si no llegaba a ese número, no recibía un centavo, pero negocié y hoy me dan como mínimo Bs 40. Todo está muy difícil, así que tuve que agachar la cabeza”, dice.

Su familia se ha beneficiado con varios bonos, sus suegros con la Renta Dignidad; él, su esposa y sus dos hijas universitarias, con el Bono Universal, pero ellas lo destinaron exclusivamente a los gastos académicos; también cobraron el bono escolar por uno de los niños de la casa. “Con eso hemos pagado servicios básicos y compramos víveres. Mis suegros costean su comida y ayudan con el agua gracias a su renta”, confiesa.

La comida en la mesa de los Bustillos últimamente consiste en menudos para la sopa y vísceras de res para el segundo. Hace una semana comieron carne de primera porque la encontraron por la zona a Bs 28, el kilo, y celebraron con ella el cumpleaños de una de las universitarias del clan.

Y aunque los bonos les han caído del cielo, de lejos prefieren un trabajo. “Toda la vida prefiero un trabajo porque por lo menos con eso estaría tal vez un año asegurado, si es que llegaran a valorar mi esfuerzo, mi puntualidad y honestidad, tal vez me quedaría hasta tres años. Si seguimos con bonos, vamos al banco, nos contagiamos de Covid-19 y nos dura poco, con suerte dos semanas”, opina el sostén de la familia Bustillos, que en sus mejores épocas llegó a ganar Bs 2.800 como camarógrafo y búho de una red televisiva. “Tenía seguro médico y aportaba a la AFP”, suspira.

Pamela Rocha, una madre de cuatro hijos, el mayor de ocho años y el menos de dos, con discapacidad, vive en el barrio Cupesí Terrado. Está sin trabajo; por ahora su suegra, Gloria Flores, una persona de la tercera edad que se moviliza en silla de ruedas, mantiene la casa con la venta de tarjetas en los mercados del Plan 3.000. 

“En días buenos ella hace como Bs 40, que alcanzan para los víveres”, dice. El hogar de las dos mujeres se ha beneficiado con dos bonos escolares, con la Renta Dignidad y el Bono Familia, pero no fueron suficientes. Durante la pandemia ya se han mudado tres veces de casa, los expulsaron por no cumplir con el monto del alquiler, y ahora mismo están atrasadas para cancelar los Bs 450 que les cuesta cada cuarto.

Pamela estuvo como doméstica, pero con cuatro niños se le complica. Muere de ganas de tener un trabajo, pero que no sea ‘cama adentro’, para cuidar a sus hijos. “Entre bono y trabajo, por supuesto que prefiero el segundo. Sé que somos pobres, nunca hemos tenido una casa propia y esta época ha sido tan difícil para nosotros”, confiesa.

Antonieta Estrada en un momento de su vida vivió en Chile, pero no le salió la residencia, así que regresó a Bolivia, donde empezó a ejercer de trabajadora del hogar. Como mamá soltera, sintió que su único hijo no era bienvenido, “me lo maltrataban y cuando se accidentó no sabía qué hacer, no podía ni pedir permiso”, recuerda. Le bastó eso para poner una venta de dulces en la acera frente al Parque Urbano, pero se le acumularon los impuestos municipales y vendió el negocio.

Empezó como vendedora ambulante de dulces por las noches. Con eso pagaba el alquiler de su cuarto por la zona de Los Lotes y la comida para ella y su hijo, que ahora es un joven. La pandemia le ajustó el bolsillo y el estado físico, cada día sale de casa en la tarde en micro y regresa a medianoche a pie, desde la plaza Blacutt hasta el séptimo anillo de la avenida Santos Dumont.

Ella y su hijo han cobrado el Bono Universal, que sin duda fue como oxígeno para la angustia que les generó la pandemia. Se vio obligada a pedir auxilio dos veces -a extraños- para pagar el alquiler.

Los múltiples riesgos de cruzar la ciudad a altas horas de la noche no impiden que la duda se agolpe a su cabeza ante la pregunta de si prefiere bono o un trabajo. “Tengo 50 años, a mi edad no creo que alguien me quiera, buscan de 40 para abajo, además sobre todo desearía que me trataran bien”, se sincera.

Nuevos ‘invisibles’

En los últimos años, ha surgido una clase de personas de escasos recursos en el país, los no nacidos en Bolivia, que mendigan en las rotondas y semáforos, y que en la pandemia tienen más competencia a la hora de recibir unas monedas.

Debido a la difícil situación generada por el Covid-19, las intersecciones y alamedas desde hace meses lucen como antes solo pasaba en Navidad y Reyes. Una avalancha de gente sale de los barrios hacia el centro, aguardando la solidaridad frente al desolador panorama de hambre y pobreza que dejó la emergencia.

“Antes estábamos solos, hoy disputamos un espacio con nuestros ‘parientes’ bolivianos”, dice Alvialis M., una venezolana que se siente en el limbo porque no quiere quedarse en Bolivia, pero tampoco cuenta con los medios económicos para regresar a su patria.

Desde que empezó la pandemia, ni siquiera logra juntar la plata del alquiler, tampoco para el agua y la luz. Ya se le acumularon dos meses y tiembla de solo pensar en ser nuevamente expulsada de casa. Este viernes 21 se cumplió el plazo que le puso el dueño de la vivienda, ubicada en el cuarto anillo de la zona norte de Santa Cruz de la Sierra.

Es tanta su necesidad y tan poca la recaudación, que ya no pudo comprar dulces para vender, como hacía en el pasado. Hoy solo estira la mano vacía, rezando para que regrese con algún aporte. Desde hace unos días, tuvo que ‘prestarse’ una niña, con la esperanza de conmover, porque “a hombres y mujeres solos se ayuda menos que a grupos familiares”, reconoce. 

Tiene miedo de que las personas la juzguen por eso, pero no puede con la desesperación. “Lo único que me provoca es sentarme a llorar, estamos hasta el cuello”, dice, porque aparte de no reunir lo necesario para sobrevivir, hace meses que no puede mandar un centavo a su mamá y a su hijo en Venezuela.

La lluvia los perjudica todavía más, “día que llueve es día perdido”, comenta, porque no puede salir de casa a ganarse unos pesos.

Si le dieran a elegir, debido a la circunstancia, Alvialis prefiere un bono por encima de un trabajo. “Es la urgencia y la necesidad, con el bono podría resolver ya mismo el pago de mi alquiler y de los servicios de agua y luz, además de los víveres”, sostiene. Pero tiene otra razón que no le da vergüenza confesar: su poca fe en la honestidad de los bolivianos.

“Soy muy sincera, no considero el empleo como una posibilidad porque no me pagan, lo he vivido en carne propia. Trabajé 15 días, me ofrecieron un pago semanal de Bs 215 y nunca vi un centavo; ya no quiero, no les creo porque ofrecen castillos a uno y después salen con cada cosa tan desagradable, y lo peor es que exigen”, aprovecha para compartir su versión de la historia.

Léster Muñoz es un cubano que sabe hacer panes, empanadas, trabajos de albañilería y que ahora vive del buen corazón de una familia vecina que, de vez en cuando, le da comida, mientras está de casero en una vivienda por el mercado Guapurú.

No encuentra trabajo, tampoco su pareja boliviana, que es maestra. Pasan la noche con la cocina y los focos apagados, aterrorizados con las facturas porque no tienen cómo pagarlas.

Léster hizo fila para el Bono Universal, ilusionado porque aparecía habilitado en la lista. Su nacionalidad le impidió cobrar, a pesar de que engrosa la lista boliviana de desempleo y pobreza.