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“Los humanos nos creemos los dueños de este planeta y no hemos leído ni el Génesis”, dice Jerjes Suárez, un veterinario que está sentado en una camioneta que avanza desde hace horas por la mitad de un paisaje apocalíptico. Lleva un mes recorriendo Ñembi Guasu, el área protegida más joven de Bolivia y una de las más golpeadas por los incendios. Sabe perfectamente dónde están los tres puercos troperos que murieron al lado del camino; el oso hormiguero que quedó como de pie mientras trataba de volver al monte en medio del incendio.

Tiene ubicadas las huellas de los chanchos troperos o por dónde corren las dos parejas de piyos que salvaron sus plumas de las llamas. “Esto da esperanza”, dice, mientras guía por los rastros de animales que se niegan a abandonar la zona devastada.

Jerjes Suárez, todos los días, desde hace mes, se levanta temprano para atender a los animales que tiene en su veterinaria y luego acompaña a uno y otro y otro medio de comunicación que quiere ver el desastre de Ñembi Guasu.

Sin él, tal vez haya quedado oculto. Comenzó a gritar lo que estaba pasando a solo 15 kilómetros al sur de Roboré cuando nadie lo escuchaba, cuando todos estaban concentrados en que la postal que forman la serranía de Santiago y el Valle de Tucabaca no se malogre. Trajo los primeros videos de los barbechos pobres, poco fotogénicos de Ñembi, transformados en un infierno y cuando la primera ola de fuego pasó, se dedicó a guiar a agencias internacionales, grandes redes y medios locales a través del desastre.

Un territorio conocido

“Me molestaba que la gente salía de aquí y nadie lo escuchaba”, cuenta, sentado en un terrón rojo que le sirve como toco, junto a las huellas de los troperos. Suárez creció en medio de Ñembi Guasu. Su padre y sus tíos tienen, tuvieron y tendrán estancias en la zona. Aprendió a recorrer este territorio desde que era niño y ha sido testigo cómo las estancias pasaron de costar unas decenas de miles de dólares, hace 20 años, a cotizar hoy por encima del millón.

“Que vengan puej aquí y siembren pasto para exportar carne a China. Que vengan acá esos que están marchando rumbo a Santa Cruz y no quieren pausa ecológica, los quiero ver”, dice, indignado en una pequeña porción de un desastre que parece interminable.

Como encerrado en un gran laberinto circular, el ir y venir han nublado la capacidad de Suárez de medir extensiones. “Es más fácil contar lo que está sano que lo que se quemó”, dice y calcula que en Ñembi Guasu ha ardido más de la mitad de los 1,2 millones de hectáreas. No es así.

Según datos de la Fundación Amigos de la Naturaleza, hasta la fecha se han quemado 280.000 hectáreas del área protegida de la autonomía indígena de Charagua. Todo eso era bosque chaqueño, de baja altura, completamente seco. Sobre el suelo, en la mayor parte de la reserva, no había pasto, solo hojas secas y gajos acumulados de décadas sin arder. Cuando el fuego comenzó, nada lo pudo detener.

Parece que avanzaba rápido, que tenía la capacidad de saltar brechas de camino, de esquivar los pocos humedales, que buscaba surcar el lomo del mapa de Charagua o que algo lo atraía desde Paraguay. Por donde pasó, solo quedan esqueletos de árboles carbonizado y tierra con cenizas.

Suárez, que tiene una especialidad en traumatología equina conseguida en España, pero muy pocos clientes que soliciten sus servicios en Roboré, también ha tenido que pelear contra cazadores y falsos activistas en el último mes.

Dice que quitó tres jaulas grandes a un grupo integrado por un argentino, un holandés y un polaco que trataban de atrapar a un jaguar en medio del fuego, que tuvo que carajear a un español que trataba de que un caballo quemado se mueva a chicotazos, o que se llevó varias decepciones con algunas ONG animalistas que hicieron turismo de desastre durante estos días.

En todo este tiempo, Suárez ha llevado agua, algunas frutas y hortalizas y la deja en el monte quemado. Cada vez que encuentra un animal herido, lo lleva a su casa, lo estabiliza y lo deriva al refugio de animales de Aguas Calientes. No está de acuerdo que la fauna rescatada en Ñembi Guasu sea liberada en Tucabaca.

“Los animalitos se desorientan, se estresan. Es como si a usted lo larguen en Europa y le digan: ‘gánate la vida’. Los animalitos también se deprimen y hasta se pueden morir”, dice Jerjes, que no cobra un peso por guiar gente a Ñembi Guasu. Eso sí, está convencido de que pronto tendrá que guiar por la zona a un grupo de cineastas estadounidenses. No serán documentalistas, sino algún director de película distópica.

“Diga si aquí no nos da para filmar otra Apocalypto”, pregunta. En realidad, hoy Ñembi se parece más a una toma de Mad Max.

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