Educación y tecnología avanzan casi en paralelo. Los procesos de enseñanza y aprendizaje se ven fortalecidos por el uso de la tecnología. Y ésta, se nutre de los experimentos que se innovan en el aula. Los estudiantes universitarios están, hoy día, muy relacionados con el uso de la tecnología. Pero, desde el lado académico, surge la duda; ¿qué uso prioritario le dan al uso de esta tecnología?
Un estudio psicopedagógico aplicado a estudiantes de primer semestre de la Universidad Privada Domingo Savio (UPDS) revela datos significativos sobre el uso del teléfono móvil entre la juventud. La tecnología está cada vez más orientada al entretenimiento y la interacción social. En un segundo plano queda se menciona el potencial uso como herramienta de aprendizaje.
La psicopedagoga y docente Paola Alemán señala que, aunque actualmente los jóvenes son considerados “nativos digitales”, esto no garantiza que orienten el acceso a la tecnología para expandir su formación académica. “El uso frecuente de herramientas digitales no implica necesariamente que los estudiantes desarrollen habilidades como la búsqueda crítica de información, la organización del conocimiento o la producción de contenidos académicos”, explicó.
Alemán indica que esta investigación evidenció que existe una relación significativa entre el nivel de habilidades digitales y el rendimiento académico. Es decir, los estudiantes que dominan destrezas para la búsqueda y análisis de información, la creación de contenido y la resolución de problemas tecnológicos tienden a obtener mejores resultados en sus estudios.
Sin embargo, también se identificó una brecha importante: gran parte del tiempo que los universitarios destinan a la tecnología se concentra en el entretenimiento a través de las redes sociales y mensajería instantánea. Este uso limita el desarrollo del pensamiento crítico, la autonomía en el aprendizaje y la capacidad de investigación, competencias que son clave en la educación superior.
Desde una perspectiva psicopedagógica, Alemán advierte que esta problemática no debe abordarse únicamente como una cuestión de disciplina individual, sino como un desafío del sistema educativo. En ese sentido, sostiene que la solución no pasa por restringir el acceso a la tecnología, sino por reorientar su uso hacia fines de formación educativa.
Entre las recomendaciones, la especialista destaca la necesidad de fortalecer la competencia digital desde los primeros semestres universitarios. Esto implica enseñar a los estudiantes a identificar fuentes confiables, utilizar plataformas académicas, gestionar información de manera eficiente y producir contenidos digitales de calidad.
Asimismo, subraya la importancia de que las universidades implementen programas de inducción digital que acompañen a los estudiantes en su proceso de adaptación, especialmente en contextos como el boliviano, donde persisten desigualdades en el acceso y uso de la tecnología.
La especialista sugiere que rol del docente también resulta clave en este escenario. Más allá de transmitir conocimientos, los profesores deben supervisar y guiar a los estudiantes en el uso estratégico de las herramientas digitales, mediante metodologías innovadoras que les permitan integrar la tecnología de forma significativa en el aprendizaje.
Finalmente, Alemán concluye que el desarrollo de la competencia digital no es un complemento, sino un eje fundamental en la formación universitaria y que en un entorno cada vez más digitalizado, la adecuada incorporación del manejo eficiente de las herramientas digitales no solo mejorará el rendimiento académico, sino que también prepara a los futuros profesionales para enfrentar las exigencias del mercado laboral.