El CEO de Repsol en Bolivia traza un diagnóstico del sector hidrocarburífero: caída sostenida de la producción, pérdida de competitividad y falta de inversión. Advierte que sin cambios estructurales profundos el país solo desacelerará su declive, sin lograr una verdadera recuperación económica.
Usted ha trabajado en múltiples países. ¿Cómo encuentra hoy a Bolivia en el mapa energético regional?
Bolivia está relegada. Si uno observa la región, hay países que han avanzado con mucha fuerza. Argentina, por ejemplo, con Vaca Muerta, se ha convertido en un polo de atracción global. Brasil consolidó su desarrollo offshore y hoy es un actor energético de peso. Incluso Venezuela, con todas sus dificultades, vuelve a ganar visibilidad.
Bolivia, en cambio, viene en una tendencia en declive desde 2014. Ha perdido competitividad y atractivo para nuevas inversiones. Esa es la realidad actual.
La seguridad jurídica es uno de los puntos más críticos y también uno de los más incomprendidos. No se construye con discursos ni con decretos, se construye con señales consistentes en el tiempo. Con contratos que se respetan, con reglas que no cambian de manera intempestiva y con instituciones que generan confianza.
Para una empresa que invierte miles de millones de dólares en proyectos de largo plazo, la previsibilidad es tan importante como la geología. Sin esa base, cualquier reforma pierde efectividad, porque el riesgo percibido sigue siendo alto.
¿Qué explica esa caída sostenida?
El principal factor es la falta de exploración. Durante años no se invirtió lo suficiente para reponer reservas. Hoy eso se refleja en los niveles de producción. Bolivia produce cerca de 27 millones de metros cúbicos por día, cuando hace poco más de una década producía alrededor de 60.
No es una caída puntual. Es una tendencia estructural, con una declinación cercana al 10% anual. Si no se toman decisiones, esa curva seguirá bajando.
Sin embargo, usted insiste en que el potencial permanece.
El potencial está. Hay consenso técnico en que existen hidrocarburos por descubrir, tanto en áreas tradicionales como en nuevas zonas. Bolivia tiene una geología con oportunidades reales.
Además, hay ventajas claras: ubicación estratégica, cercanía a mercados como Brasil y Argentina, e infraestructura instalada. El problema no es la falta de recursos, es la falta de condiciones para desarrollarlos.
Entonces, ¿qué le falta al país?
Le faltan condiciones para atraer inversión. Reglas claras, estabilidad y previsibilidad. Hoy las empresas comparan oportunidades en distintos países, y Bolivia no resulta competitiva.
El capital va donde encuentra equilibrio entre riesgo y retorno. Hoy ese equilibrio no está dado en Bolivia.
Hoy la competencia por inversiones no es solo regional, es global. Las grandes compañías energéticas toman decisiones comparando proyectos en Estados Unidos, África, el Mar del Norte o Medio Oriente. En ese escenario, Bolivia compite con países que ofrecen marcos regulatorios estables, tiempos más cortos de ejecución y condiciones fiscales más equilibradas.
Si Bolivia no logra posicionarse dentro de ese mapa con reglas claras y previsibles, el capital simplemente fluye hacia otros destinos. No es una cuestión de voluntad, es una lógica del mercado internacional de energía.
Usted ha hablado de una “cirugía mayor”. ¿Qué implica eso?
Implica cambios estructurales. No alcanza con ajustes menores o reformas parciales. Se necesita una transformación profunda del marco legal, fiscal y contractual del sector.
Si eso no ocurre, cualquier nueva ley solamente servirá para desacelerar la caída, pero no para reactivar el sector.
¿El esquema fiscal influye en esa falta de atractivo?
Sí, de manera directa. El Government Take en Bolivia está alrededor del 80%, mientras que en otros países de la región ronda el 50%. Esa diferencia es clave.
Las empresas evalúan permanentemente dónde invertir. Si el retorno no compensa el riesgo, el capital se va a otro país.
También mencionó distorsiones en los precios del gas natural.
El gas en el mercado interno está altamente subsidiado. Los precios no cubren los costos de producción, lo que genera una señal negativa para la inversión.
El problema de precios es central y muchas veces se evita en el debate público. Hoy Bolivia tiene una distorsión muy marcada entre el mercado interno y el externo. El gas que se exporta a Brasil se mueve en rangos de entre 6 y 7 dólares por millón de BTU, dependiendo de las condiciones contractuales y del mercado internacional. Sin embargo, el gas que se destina al mercado interno está fuertemente subsidiado y se paga alrededor de 0,6 dólares por millón de BTU.
Esa brecha no solo es significativa, es estructuralmente insostenible. Ninguna industria puede sostener inversión si el precio que recibe no cubre sus costos. En términos prácticos, se le está pidiendo a las empresas que produzcan a pérdida en el mercado interno. Eso no solo desincentiva nuevas inversiones, también afecta la sostenibilidad de la producción actual. Si se quiere incentivar la producción, el precio del gas debe reflejar su valor real. De lo contrario, no hay incentivos para invertir.
Incluso con reformas, ¿los resultados no serían inmediatos?
Esta es una industria de largo plazo. Un pozo exploratorio puede tardar entre dos y tres años desde su planificación hasta su ejecución.
Y si se encuentra gas, luego hay que desarrollar infraestructura, conectar mercados y comercializar. Estamos hablando de procesos que toman años.
Muchas veces se subestima la complejidad del proceso. Antes de perforar un solo pozo, hay un trabajo previo que puede tomar años. Se requieren estudios sísmicos para entender el subsuelo, evaluaciones geológicas detalladas, obtención de licencias ambientales, procesos administrativos y acuerdos con comunidades. Solo esa fase puede tomar entre uno y dos años, dependiendo de la agilidad del sistema.
Luego viene la perforación, que en zonas como el subandino sur puede tomar entre 10 meses y más de un año por la complejidad geológica. Y si el pozo resulta exitoso, todavía queda desarrollar infraestructura, construir facilidades y conectar la producción a los mercados. Es un proceso largo, intensivo en capital y altamente sensible a las condiciones regulatorias.
Un pozo exploratorio puede tardar entre dos y tres años desde su planificación hasta su ejecución.
Y si se encuentra gas, luego hay que desarrollar infraestructura, conectar mercados y comercializar. Estamos hablando de procesos que toman años.
¿Qué se puede hacer en el corto plazo?
Optimizar lo que ya existe. Hay proyectos que pueden generar incrementos en la producción en el corto plazo, sobre todo en áreas con infraestructura.
Pero esos proyectos no van a cambiar la tendencia. Para revertir la caída, se necesita una exploración masiva y sostenida.
El punto central es que Bolivia necesita cambiar la escala de su actividad exploratoria. No se trata de perforar uno o dos pozos adicionales, sino de impulsar una campaña sostenida, con múltiples proyectos en paralelo. Eso implica inversión intensiva, coordinación institucional y un entorno que reduzca incertidumbres.
Los grandes descubrimientos no ocurren de manera aislada. Son el resultado de procesos sistemáticos, donde varios intentos fallidos preceden a un hallazgo exitoso. Sin esa lógica de volumen y continuidad, es muy difícil revertir la curva de declinación.
¿Ha visto señales positivas recientes?
Sí, hay señales de mayor apertura y voluntad de reactivar el sector. Eso es positivo.
Pero no es suficiente. Lo importante es la consistencia. Las empresas necesitan ver políticas sostenidas en el tiempo.
Si no se hacen cambios, ¿qué escenario se proyecta?
La producción seguirá cayendo. Eso impactará directamente en la economía: menos exportaciones, menos ingresos fiscales y menos divisas.
El gas ha sido la base del desarrollo económico del país. Si esa base se debilita, las consecuencias serán importantes.
¿El gas seguirá siendo clave en el futuro?
Sí. El mundo avanza hacia un modelo multienergía, pero el gas seguirá siendo fundamental. Es una fuente más limpia dentro de los hidrocarburos y permite generar valor agregado. Bolivia tiene una oportunidad en ese sentido.
En síntesis, ¿Bolivia está a tiempo?
Está a tiempo, pero la ventana se está cerrando. El potencial existe, pero requiere decisiones profundas y rápidas.
En esta industria, el tiempo perdido es muy difícil de recuperar.
PERFIL
Trayectoria profesional
Mariano Ferrari acumula más de dos décadas en Repsol, donde ha construido una carrera global en el sector energético. A lo largo de estos años dirigió operaciones en países como Arabia Saudí, Argentina, Colombia, Estados Unidos y Brasil, consolidando una trayectoria marcada por liderazgo en mercados complejos.
Desafíos en Bolivia
Llegó a Bolivia hace cuatro años para liderar las operaciones de Repsol en un momento de declive del sector. Desde entonces, gestiona activos clave como el bloque Caipipendi y participa en YPFB Andina. Además, preside la Cámara de Hidrocarburos, articulando al sector privado con el Estado.
Historia personal
Ingeniero civil formado en Argentina, Ferrari nació en Neuquén y desarrolló su carrera en la industria petrolera. Está casado y es padre de tres hijas. Fuera del trabajo, practica golf, disfruta del rugby y sigue el fútbol como hincha de Boca Juniors, aficiones que equilibran su intensa vida ejecutiva.
La magia del país
En Bolivia, Ferrari destaca la hospitalidad de su gente y la diversidad cultural entre regiones. El salar de Uyuni lo impactó como una de las grandes maravillas naturales del mundo. En Santa Cruz encontró una ciudad dinámica, comparable con otras urbes donde vivió, y valora la riqueza y variedad de su gastronomía.