Una fábrica en Santa Cruz comienza a operar antes del amanecer. Los motores se encienden, las bandas transportadoras avanzan y los primeros trabajadores ocupan sus puestos. Todo parece funcionar gracias a la electricidad. Pero detrás de esa rutina hay una realidad menos visible: buena parte de la energía que alimenta a la industria boliviana proviene del gas natural.
Durante años, la pregunta fue cuánto gas podía exportar Bolivia. Hoy la interrogante es más incómoda: ¿qué ocurrirá cuando la producción ya no alcance para sostener exportaciones, consumo interno y crecimiento económico?
El estudio Bolivia’s Economic Pivot: Energy as the Catalyst, elaborado por investigadores del Harvard Growth Lab, advierte que el país podría convertirse en importador neto de gas natural en un plazo de tres a cinco años si no logra revertir la caída productiva.
El problema no es que el gas desaparezca mañana. El problema es que Bolivia construyó buena parte de su economía alrededor de un recurso cuya producción ya no alcanza para sostener las exportaciones, el mercado interno y el trabajo industrial.
Se agota el gas que mueve al país
Durante buena parte del siglo XXI, el gas natural fue mucho más que una fuente de energía. Fue el motor del modelo económico boliviano. Los contratos con Brasil y Argentina colocaron al país en el centro del mapa energético regional. La renta hidrocarburífera financió carreteras, hospitales, escuelas y programas sociales. Regalías e Impuesto Directo a los Hidrocarburos fortalecieron los presupuestos de gobernaciones, municipios y universidades. El gas también aportó una porción decisiva de las divisas que ingresaban al país.
La bonanza produjo crecimiento, pero también dependencia. Raúl Velásquez, investigador y especialista en hidrocarburos de la Fundación Jubileo, resume ese proceso con una frase reveladora: “La población vio en el gas natural un generador de renta antes que un energético”. Durante años, el debate se concentró en cómo distribuir esos ingresos y no en cómo reemplazar el recurso que los generaba.
Y hubo muchas señales de alerta antes de la crisis actual. La exploración perdió dinamismo, los descubrimientos dejaron de compensar el consumo y la producción comenzó a disminuir. El cambio de época se hizo evidente cuando Argentina, que durante años fue uno de los principales compradores del gas boliviano, redujo drásticamente su dependencia gracias al desarrollo de Vaca Muerta. La pérdida de ese mercado marcó el fin de una etapa y obligó a mirar hacia adentro: al sistema energético que sostiene la economía nacional.
El Harvard Growth Lab plantea una idea incómoda: la crisis económica boliviana tiene también una raíz energética. La afirmación se entiende mejor con los números. Según ese estudio, cerca del 66% de la generación eléctrica nacional depende todavía del gas natural. La misma molécula que durante años cruzó fronteras para generar dólares es la que hoy mantiene encendidas fábricas, oficinas, comercios y hogares.
La dependencia es aún más profunda. El estudio Situación Energética de Bolivia, elaborado por la Fundación Energética con apoyo de WWF Bolivia, señala que el gas representa el 80,7% de la energía primaria producida en el país y que el 94,6% de la producción energética nacional continúa vinculada a fuentes fósiles.
Por eso la discusión dejó de ser exclusivamente hidrocarburífera. Se convirtió en un debate sobre el futuro económico de Bolivia.
¿Quién moverá los motores?
Bolivia enfrenta una paradoja. El declive del gas coincide con uno de los mayores potenciales renovables de Sudamérica. El altiplano recibe una radiación solar entre las más altas de la región. Existen corredores eólicos identificados en Santa Cruz, Tarija, Oruro y Potosí. Los ríos ofrecen un enorme potencial hidroeléctrico y la biomasa agropecuaria abre nuevas posibilidades de generación.
Según la Fundación Energética y WWF Bolivia, el potencial hidroeléctrico nacional ronda los 40.000 megavatios. Ninguno de esos recursos es una promesa abstracta. Todos existen. El desafío consiste en convertirlos en capacidad instalada antes de que el declive gasífero se transforme en una restricción para la industria, el transporte, la minería y la agroindustria.
La urgencia es mayor porque la transición energética no consiste únicamente en construir parques solares o eólicos. Lo que está en juego no es solo cómo se generará electricidad, sino cómo se moverán las fábricas, los sistemas de transporte, la producción agroindustrial y las cadenas logísticas que sostienen el crecimiento.
Fundación Milenio advirtió hace casi una década, en Energías renovables: oportunidades desaprovechadas, que Bolivia avanzaba con menor velocidad que otros países de la región en la incorporación de nuevas fuentes energéticas. Mientras Chile convertía el desierto de Atacama en un polo solar, Bolivia seguía descansando principalmente en el gas.
Para Boris Santos Gómez Úzqueda, exvicepresidente de ENDE Corporación y especialista en integración energética regional, el debate parte de una verdad sencilla: “La base de la economía es la energía”.
La frase resume buena parte del desafío boliviano. Sin energía suficiente no hay industria competitiva, transporte eficiente ni crecimiento sostenible.
Por eso sostiene que el desafío no consiste en elegir entre gas y renovables. El gas debe actuar como combustible de transición mientras Bolivia fortalece la energía solar, la eólica, la biomasa e incluso tecnologías emergentes como el hidrógeno verde. Puedes ver sus declaraciones a continuación:
Velásquez añade otra dimensión al debate. Bolivia enfrenta una doble transición. La primera es energética, porque debe diversificar su matriz. La segunda es fiscal, porque necesita reemplazar gradualmente los ingresos que durante décadas llegaron desde los hidrocarburos. No se trata de una reforma de gobierno. Se trata de una transformación generacional.
La fábrica que abrió sus puertas antes del amanecer vuelve entonces al centro de la historia. Detrás de esos motores hay empleo, inversión, cadenas productivas y exportaciones. El riesgo no es un apagón repentino. El riesgo es que la energía se convierta en un límite para crecer.La pregunta ya no es cuánto gas queda bajo tierra. La pregunta es qué energía moverá esos mismos motores cuando la producción ya no alcance para sostener el modelo de las últimas dos décadas.
La respuesta definirá mucho más que el futuro de una industria. Definirá si Bolivia logra convertir su enorme potencial energético en el motor de una nueva etapa de desarrollo.
O si llega tarde a la transición más importante de su historia económica reciente.
Hay cinco opciones para liderar la transición energética boliviana
La energía solar aparece como una de las principales oportunidades para Bolivia. El altiplano registra algunos de los niveles de radiación más altos de Sudamérica, una ventaja que permite desarrollar proyectos fotovoltaicos de gran escala.
La energía eólica constituye una segunda alternativa. Corredores identificados en Santa Cruz, Tarija, Oruro y Potosí ofrecen condiciones favorables para la instalación de parques de generación.
La hidroeléctrica representa otro componente clave. Según la Fundación Energética y WWF Bolivia, el potencial nacional ronda los 40.000 megavatios, muy por encima de la capacidad actualmente instalada. Además, puede aportar energía de base para acompañar el crecimiento industrial.
La biomasa abre oportunidades adicionales mediante el aprovechamiento de residuos agrícolas, forestales y agroindustriales, especialmente en regiones productivas. Su principal fortaleza es que vincula la transición energética con la economía real.
A ellas se suma el hidrógeno verde, una tecnología emergente que podría ganar protagonismo en las próximas décadas, especialmente si Bolivia logra expandir su generación renovable.
Ninguna de estas fuentes reemplazará por sí sola al gas. El desafío consiste en combinarlas dentro de una matriz más diversificada, capaz de sostener la producción, el transporte y el crecimiento económico cuando concluya la era del gas.