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¿Bolivia es inviable?

Jueves, 21 de mayo de 2026 a las 04:00

Viendo las noticias escuché a una de las marchistas pedir la renuncia del presidente porque “no es campesino, no es indígena y no los representa”. Y la verdad, esa frase me terminó de convencer sobre algo que hace tiempo vengo pensando: Bolivia, como la conocemos hoy, no es viable.

El presidente ganó con más del 50% de los votos y eso, en teoría, debería cerrar cualquier discusión sobre legitimidad. Pero no. Acá no alcanza con ganar elecciones. Acá tenés que pertenecer culturalmente al grupo correcto, hablar el lenguaje político correcto y representar a las estructuras correctas. Si no, tarde o temprano te cercan, te bloquean y te intentan tumbar.

Esto ni siquiera es un tema de derecha o izquierda. Le pasó a Goni, le pasó a Mesa, le pasó a Añez, le terminó pasando incluso a Evo y Arce y ahora le pasa a Rodrigo Paz. Acá nadie acepta perder el poder y cuando una parte siente que el gobierno no representa “a los suyos”, automáticamente pasa a ser ilegítimo.

Bolivia, desde su fundación, arrastra diferencias culturales, regionales y étnicas enormes. Pero durante mucho tiempo eso no generó un conflicto existencial porque el país entero seguía girando alrededor del mismo modelo político, extractivista y centralizado que nació en el occidente.

El verdadero choque empieza cuando Santa Cruz deja de ser una periferia agrícola y emerge como motor económico con una forma completamente distinta de asociarse, producir, crecer y relacionarse con el Estado. Y esa tensión se vuelve todavía más fuerte cuando Santa Cruz deja de conformarse con producir y empieza a querer cambiar el modelo político nacional.

Ahí aparece la fractura real entre occidente y oriente. El occidente boliviano históricamente construyó su cultura política alrededor del Estado, los sindicatos, la movilización y una lógica comunitaria orgánica, mucho más alineada a la disciplina colectiva y la consigna política, mientras que el oriente desarrolló una cultura mucho más pragmática, individual y enfocada en el trabajo, la producción y la iniciativa privada.

No es casualidad que históricamente el oriente haya pedido más autonomía, más descentralización y menos Estado, mientras que gran parte del occidente vea al centralismo como la forma natural de mantener orden, poder y cohesión social. Son solo consecuencias de historias distintas.

Muchos creyeron que la “bolivianización” de Santa Cruz iba a cambiar eso. Que con tanta migración y crecimiento económico, eventualmente el oriente iba a terminar conquistando el poder político nacional. Pero pasó todo lo contrario: Santa Cruz se volvió más boliviana, y Bolivia nunca se volvió más cruceña… en lo ideológico.

Y esto se explica porque el poder en Bolivia no depende solo de economía o población. El poder está en La Paz. Es geográfico, cultural e institucional. Depende de quién controla el relato político, los sindicatos, las organizaciones sociales, la calle y el aparato estatal. Y en eso el eje andino tiene y tendrá siempre una ventaja gigantesca, con estructuras de poder y representación muy difíciles de penetrar desde el oriente.

Y pa colmo, una vez más, nos ganaron la tuja. Porque mientras Santa Cruz crecía, con freno pero a paso firme, el masismo no solo gobernó Bolivia: sino que redefinió quién representaba legítimamente al país, convirtiendo a sectores indígenas y campesinos en el centro del relato nacional. Esa narrativa nos excluyó por completo y terminó convenciendo a muchos de que ellos no solo son parte de Bolivia, sino que son Bolivia misma. Por eso cualquier gobierno que no emerja de esas estructuras podrá ser legal, pero nunca legítimo.

Son dos formas completamente distintas de entender el país. Y mientras ninguna acepte la visión de la otra, los gobiernos que vengan seguirán administrando tensiones hasta que todo vuelve a explotar.

Cuando me cuestiono la viabilidad de Bolivia, no me refiero a que el país deje de existir o dividirse, eso es ilusorio. Me refiero a que, si no cambiamos la forma en que nos organizamos y relacionamos con el Estado y el poder político, estamos condenados a repetir eternamente este ciclo de conflicto que al final termina jodiéndonos a todos.

Estoy convencido de que la única salida real es aceptar que Bolivia no es cultural ni políticamente homogénea y avanzar hacia un federalismo de verdad, donde cada departamento tenga total capacidad de decidir cómo organizar su sociedad, su economía y su modelo de desarrollo acorde a su propia historia, cultura y realidad.

El desafío es enorme porque implica convencer a la clase política histórica del occidente a renunciar a algo que nunca han pensado soltar: el control del país. Y por mucho que lo pienso, no encuentro un incentivo real para que lo hagan. Nadie entrega voluntariamente una estructura de poder que ya permitió gobernar durante dos siglos.

El problema boliviano nunca fue solo económico o político. Es que nunca logramos construir una sola idea de país. Tal vez madurar como nación no sea obligarnos a pensar igual, sino dejar de lado ese romanticismo nacionalista de la Patria y aceptar de una vez por todas que somos profundamente distintos. El drama no está en que pensemos diferente, sino en seguir insistiendo en esta farsa de gobernarnos como si fuéramos iguales.

(*) Roberto Ortiz Ortiz es MBA con experiencia corporativa en banca y telecomunicaciones

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