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Cara a cara

Miércoles, 13 de mayo de 2026 a las 04:00

 En nuestro abigarrado vecindario, la acera no es un elemento urbano. Es una declaración de principios, una autobiografía en miniatura, un experimento continuo de arquitectura emocional. Caminar por calles cruceñas no es desplazarse, es participar en un ejercicio gimnástico donde cada metro cuadrado propone un desafío distinto. Aquí, la uniformidad de las aceras es un concepto foráneo, casi sospechoso, como si obedecer a una norma técnica fuera una claudicación del espíritu creativo barrial.

 Uno avanza y descubre que la acera vecina decidió elevarse unos cuantos centímetros más que la anterior, quizá en un acto de superación personal o de competencia tácita. Luego aparece otra que desciende con humildad, como pidiendo disculpas por existir. Entre ambas, el peatón ensaya coreografías involuntarias como saltitos, esquives y  breves equilibrios dignos de atleta olímpico. No hay gimnasio que compita con este entrenamiento urbano gratuito que suele también registrar tropezones y caídas.

 Los materiales, por su parte, componen una sinfonía ecléctica: ladrillo aquí, cemento allá, azulejos resbaladizos que evocan un baño de los años noventa, ripio que masajea las plantas del pie y, en los tramos más conceptuales, la pura y honesta tierra. Porque, claro, ¿quién dijo que una acera necesita existir? Hay quienes optan por la abstracción total y entonces se abre el vacío como propuesta estética.

 Todo parece responder a una lógica íntima, casi filosófica: “mi vereda, mis reglas”. Y así, Santa Cruz ofrece un museo a cielo abierto donde cada vecino es curador de su propio tramo. El resultado no será uniforme, pero sí profundamente auténtico. Y el peatón, convertido en explorador, aprende que aquí caminar no es rutina. Es aventura.

(*) Pedro Rivero Jordán es presidente del Consejo Editorial

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