Mucha bronca e impotencia. Eso es lo que siento al ver tanto vandalismo, saqueo y destrucción de gente irracional que, al parecer, solo le interesa destruir y causar caos en el afán de desestabilizar y tumbar al gobierno de Rodrigo Paz Pereira.
Está claro que no quieren diálogo. El rechazo al Decreto Supremo 1720, a la gasolina desestabilizada y otras demandas fueron solo pretextos para ir sembrando caos y convulsionar el país.
La consigna de estos movilizados es una sola: conseguir la renuncia del presidente que asumió el poder hace apenas seis meses y que aún no termina de ordenar la casa y de sacar al país del profundo pozo en que lo dejaron los gobiernos que lo antecedieron.
Los evistas están tan desesperados por retornar al poder que, atribuyéndose la representatividad del pueblo boliviano bloquean las carreteras y dejan a miles de bolivianos que habitan en la sede de Gobierno sin alimentos, sin oxígeno medicinal, sin remedios y sin combustible. Pero eso al evismo no le importa. No le importa al vil dirigente asfixiar aún más la magra economía boliviana y ahuyentar la inversión extranjera y el turismo.
Duele ver a gente trabajadora varada en las rutas pidiendo a gritos que el gobierno actúe y desbloquee las vías para que puedan seguir trabajando. Duele ver lo que ocurre en La Paz, donde los movilizados están arremetiendo contra bienes estatales y lo que es peor, golpean a transeúntes y a periodistas. Además, saquean negocios de vecinos que nada tienen que ver en este conflicto.
Duele escuchar gritos de ‘guerra civil’, de gente ignorante que no sabe lo que eso significa.Pero también duele ver la falta de firmeza del gobierno para poner orden. ¡Pobre país!
(*) Beatriz Ávalos es editora