La crisis de liderazgo que arrastra desde hace décadas la Central Obrera Boliviana (COB) ha terminado por vaciar de contenido histórico a una institución que alguna vez fue conciencia crítica y combativa del país. Lo que en tiempos de grandes dirigentes representaba dignidad obrera, independencia sindical y capacidad de interpelar al poder, hoy aparece reducido a una estructura burocrática, subordinada y cada vez más distante de los verdaderos intereses de los trabajadores bolivianos.
En los últimos años, la conducción de la COB ha quedado en manos de dirigentes sin estatura moral ni política, más preocupados por agradar al gobierno de turno que por defender salarios, empleo y derechos laborales. El servilismo, la complacencia y la ausencia de pensamiento propio han convertido a la máxima organización sindical del país en una sombra de sí misma. La voz firme que antes hacía temblar a dictaduras y gobiernos autoritarios se ha transformado en un eco apagado de consignas oficiales.
Por eso, inevitablemente, surge la nostalgia al evocar figuras como Juan Lechín Oquendo, Filemón Escóbar, Édgar ‘Huracán’ Ramírez, Víctor López Arias y Óscar Salas Moya, hombres con convicciones, coraje y una visión profundamente ligada a la defensa de la clase trabajadora. Más allá de sus diferencias ideológicas, tenían algo que hoy escasea como autoridad moral y compromiso auténtico con las bases.
Bolivia necesita reconstruir un sindicalismo digno, autónomo y valiente. La genuina clase trabajadora nacional merece una dirigencia capaz de representar sus angustias y aspiraciones, no operadores políticos disfrazados de líderes obreros.
(*) Pedro Rivero Jordán es presidente del Consejo Editorial