Desde tiempos de la pandemia, la circulación de motocicletas se ha incrementado exponencialmente en Santa Cruz de la Sierra. Lo que inicialmente fue respuesta a la necesidad de generar ingresos mediante el servicio de delivery y/o la distribución rápida de productos, se ha convertido en uno de los principales factores del creciente caos vehicular que soporta la ciudad.
Las motos ofrecen rapidez y economía, pero esa ventaja ha estimulado, en muchos casos, una peligrosa cultura de la imprudencia. Es frecuente observar a motociclistas zigzagueando entre otros vehículos, invadiendo carriles, ignorando semáforos, circulando por aceras o en sentido contrario, atropellando las normas de tránsito. La urgencia por cumplir más entregas en menos tiempo parece imponerse hasta sobre el elemental instinto de conservación.
La ‘tuti’ es que muchos repartidores llevan el celular sujeto al manubrio, consultando direcciones o atendiendo aplicaciones mientras conducen velozmente. Basta un segundo de distracción para provocar una tragedia que no solo puede costarles la vida a ellos, sino también a peatones, ciclistas y otros conductores.
Esta nueva ‘plaga’ de la movilidad urbana no puede combatirse únicamente con sanciones. Exige controles efectivos, educación vial permanente y una mayor responsabilidad de las empresas de reparto, que no deberían premiar la velocidad por encima de la seguridad. Necesitamos recuperar el respeto por las normas de convivencia en calles y avenidas antes de que el crecimiento del parque motociclista continúe elevando la ya alarmante cifra de accidentes. La circulación segura y eficiente no puede construirse sobre el riesgo permanente ni la normalización de conductas temerarias montadas sobre una motocicleta.
(*) Pedro Rivero Jordán es presidente del Consejo Editorial