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Una ciudad abierta en la llanura

Jueves, 23 de julio de 2026 a las 05:00

En 1630, mientras navegaba rumbo al Nuevo Mundo, John Winthrop pronunció un sermón que marcaría para siempre la historia política de los Estados Unidos. Les dijo a los colonos que estaban por fundar una comunidad que sería “como una ciudad asentada sobre una colina”. Los ojos del mundo estarían puestos sobre ellos.

Durante siglos, esa metáfora inspiró a generaciones de líderes estadounidenses. Pero pocas veces se recuerda que Winthrop no hablaba de poder. 

Hablaba de responsabilidad. La altura de aquella ciudad no era un privilegio; era una carga. Quien ocupa un lugar visible está obligado a ser mejor, porque será juzgado por su ejemplo.

Más de tres siglos después, John F. Kennedy recuperó esa imagen en plena Guerra Fría. Para él, la ciudad sobre la colina no era una nación destinada a dominar, sino una sociedad llamada a servir. Su célebre exhortación —”No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país”— era una invitación a entender el liderazgo como una forma de servicio antes que de poder.

Ronald Reagan dio un paso más. Transformó aquella ciudad en una “ciudad brillante sobre la colina”. Ya no destacaba solamente por su responsabilidad, sino porque irradiaba esperanza. La fuerza de Estados Unidos, sostenía, no residía únicamente en su economía o en su capacidad militar, sino en su facultad para atraer a millones de personas que veían en ella un horizonte de libertad y oportunidades.

Los tres hablaban de liderazgo. Pero ninguno proponía imponerlo. Los tres entendían que la autoridad más duradera nace del ejemplo.

Esa reflexión resulta sorprendentemente pertinente para Santa Cruz.

Durante décadas, el debate político boliviano ha estado dominado por una lógica de confrontación. Se ha discutido quién debe mandar, quién debe vencer y quién debe imponer su visión del país. Esa disputa ha consumido energías que podrían haberse invertido en construir un proyecto nacional.

Mientras tanto, casi silenciosamente, Santa Cruz hizo algo distinto. No levantó su liderazgo sobre una montaña. Lo construyó en la llanura. Y esa diferencia es mucho más profunda de lo que parece.

Las montañas simbolizan la altura y distancia. Desde ellas se observa el mundo desde arriba. La llanura, en cambio, invita al encuentro. Es el espacio donde los caminos se cruzan, donde llegan los viajeros, donde el extraño deja de ser forastero para convertirse en vecino.

Santa Cruz no se convirtió en el principal polo económico de Bolivia solo porque poseyera un territorio privilegiado o una riqueza exclusiva. Su mayor ventaja fue cultural. Desarrolló una forma de convivencia que permitió incorporar personas de todos los departamentos, de todas las identidades y de todas las historias familiares a un mismo proyecto de progreso y prosperidad.

Su verdadera fortaleza nunca estuvo en la altura de su geografía. Estuvo en la amplitud de sus puertas.

Allí reside el significado profundo de la famosa poesía del poeta cruceño Rómulo Gómez Vaca, que en su parte saliente dice:

“¡Con franqueza, amigo! Que estás en tu casa; / nuestra puerta nunca se encontró cerrada. / Es frugal la mesa, pero alcanza el rancho. / Donde comen dos, bien pueden ser cuatro. / Entra con franqueza, que un placer nos das; /es ley del cruceño la hospitalidad.”

No era una simple descripción del carácter regional. Era la formulación de una regla de organización social, basada en el espíritu abierto y hospitalario del cruceño.

Y es así como la cultura de brazos abiertos y hospitalidad convirtió al migrante en participante. Al recién llegado en emprendedor. Al desconocido en vecino. Y, finalmente, al vecino en ciudadano comprometido con el destino común.

Esa cultura produjo algo extraordinario: una ciudad abierta. No abierta porque carezca de identidad, sino porque posee la suficiente confianza en sí misma como para integrar sin dejar de ser ella misma.

Las sociedades inseguras levantan muros. Las sociedades seguras construyen puertas y puentes. Quizás allí se encuentre la mayor lección que Santa Cruz puede ofrecer a Bolivia.

Durante demasiado tiempo hemos entendido el liderazgo como la capacidad de conquistar espacios de poder. Pero existe otra forma de ejercerlo. La de quien convence antes que imponer. La de quien inspira antes que obligar. La de quien atrae antes que someter.

Los pueblos cambian más profundamente cuando admiran un ejemplo que cuando obedecen una orden.

Por eso, el desafío histórico de Santa Cruz ya no consiste únicamente en seguir creciendo económicamente. Consiste en demostrar que es posible construir una comunidad donde personas de distintos orígenes puedan compartir un mismo futuro sin renunciar a sus diferencias.

Ese sería un liderazgo verdaderamente nacional. No porque concentre el poder, sino porque ofrece un camino que otros desean recorrer.

Winthrop imaginó una ciudad observada por el mundo. Kennedy pidió que esa ciudad mereciera ser seguida. Reagan soñó con una ciudad cuya luz atrajera a quienes buscaban libertad y prosperidad.

Santa Cruz no necesita copiar ninguna de esas imágenes. Tiene la oportunidad de aportar la suya. La de una ciudad abierta en la llanura.

Una ciudad que no pretende elevarse sobre las demás, sino abrirles sus puertas. Porque el liderazgo más sólido no nace de la geografía. Ni de la fuerza. Ni de la imposición. Nace de la capacidad de construir una comunidad cuyo ejemplo convenza por sí mismo.

Y quizá esa sea la mayor contribución que Santa Cruz pueda hacer al futuro de Bolivia: demostrar que una nación no se une cuando alguien logra imponerse sobre los demás, sino cuando aparece un proyecto suficientemente generoso para que todos quieran formar parte de él.

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