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Cuando el Estado retrocede bajo tierra

Martes, 28 de julio de 2026 a las 05:00

La madrugada del domingo, un operativo de seguridad en el cerro Posokoni, de la Empresa Minera Huanuni, terminó en tragedia. El saldo fue de tres personas fallecidas —dos militares y un guardia de seguridad privada—, además de varios heridos. La Fiscalía abrió una investigación por homicidio tras la denuncia de una presunta emboscada perpetrada por ladrones de minerales; pero el Ejército sostuvo que las muertes se produjeron cuando militares y trabajadores cayeron a una bocamina durante el repliegue posterior al incidente. La investigación establecerá qué ocurrió exactamente y quiénes deben responder por esas muertes.

Sin embargo, limitar el debate a la reconstrucción de los hechos sería quedarse en la superficie del problema. Lo realmente inquietante es que un grupo dedicado al robo de minerales haya sido capaz de poner en jaque a las fuerzas encargadas de proteger uno de los yacimientos más importantes del país. Huanuni no es una mina cualquiera. Desde hace años permanece bajo resguardo militar precisamente porque el juqueo se convirtió en una actividad organizada, persistente y violenta. Si, aun con presencia permanente del Estado, estas organizaciones logran desafiar a militares y policías, la señal institucional es profundamente preocupante.

El juqueo dejó hace tiempo de ser el acto aislado de personas que ingresan clandestinamente a una mina. Hoy funciona como una economía ilegal que moviliza grupos organizados, redes de comercialización y mecanismos de protección que permiten colocar en el mercado minerales extraídos ilícitamente. Esa estructura explica por qué los enfrentamientos son cada vez más frecuentes y peligrosos. El robo de minerales ya no representa solo una pérdida económica para una empresa estatal; constituye una amenaza directa a la autoridad pública y al control del Estado sobre recursos estratégicos.

La respuesta no puede limitarse a reforzar la presencia militar después de cada tragedia. Tampoco bastará con aumentar los operativos si las organizaciones que financian, compran y comercializan el mineral robado continúan actuando con relativa impunidad. Bolivia necesita una política integral que combine inteligencia, investigación criminal, control de las cadenas de comercialización y una acción judicial efectiva contra quienes sostienen este negocio ilegal. De lo contrario, los uniformados seguirán enfrentando las consecuencias de un problema que se reproduce mucho más allá de los socavones.

También corresponde que la investigación avance con absoluta transparencia. Las familias de las víctimas, tanto militares como civiles, tienen derecho a conocer la verdad. El contraste entre las primeras versiones sobre una emboscada y la explicación posterior del Ejército demuestra la importancia de una investigación técnica, independiente y sustentada en pruebas. La búsqueda de responsabilidades no puede contaminarse por la presión política ni por interpretaciones apresuradas. 

Lo ocurrido en Huanuni trasciende el dolor de una tragedia. Es una advertencia sobre el riesgo de normalizar que organizaciones ilegales disputen el control de espacios donde el Estado debería ejercer autoridad plena. Cuando la violencia logra desafiar a quienes custodian el patrimonio de todos los bolivianos, el problema deja de ser exclusivamente minero. Se convierte en un problema de Estado. Recuperar el control de los yacimientos estratégicos no es solo una obligación económica; es una condición indispensable para preservar la vigencia de la ley y la convivencia pacífica. 

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