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El desafío de comprender a la sociedad

Jueves, 28 de mayo de 2026 a las 04:00

Comprender al ser humano nunca ha sido sencillo. Sus emociones, expectativas y decisiones cambian constantemente, muchas veces condicionadas por factores económicos, sociales, culturales e incluso emocionales. Lo que hoy genera esperanza, mañana puede convertirse en frustración. Lo que ayer parecía suficiente, hoy deja de serlo. Esa complejidad se vuelve aún más evidente cuando las necesidades básicas y las aspiraciones personales no logran cumplirse con la rapidez o la magnitud esperada.

La búsqueda de estabilidad material sigue siendo el eje central de la vida cotidiana. Alimentación, vivienda, salud, educación, vestimenta y seguridad económica continúan siendo prioridades esenciales. Pero el ser humano no vive únicamente de necesidades materiales. También necesita reconocimiento, pertenencia y validación dentro de su entorno social. En sociedades tan diversas y fragmentadas como la boliviana, donde conviven distintas identidades culturales, económicas y regionales, esa necesidad de reconocimiento suele derivar también en tensiones con quienes piensan, viven o aspiran de manera distinta.

Cuando las expectativas personales chocan constantemente con una realidad que no ofrece respuestas suficientes, aparece el malestar. Y ese malestar rara vez permanece en el ámbito privado. Primero se expresa en el núcleo familiar, luego en el círculo de amistades, más tarde en el barrio, en el trabajo, en las redes sociales y finalmente en el espacio público. La frustración individual termina transformándose en una demanda colectiva.

En ese proceso existe un componente psicológico profundamente humano: la necesidad de encontrar responsables. Cuando las expectativas no se cumplen, las personas buscan explicaciones. Algunas veces las encuentran en sí mismas; otras, en su entorno inmediato. Pero cuando los problemas persisten –la falta de empleo, el deterioro económico, la inseguridad o la ausencia de oportunidades– la mirada inevitablemente se dirige hacia el Estado y hacia quienes toman decisiones públicas.

No es casual que las sociedades contemporáneas vivan en un estado permanente de ansiedad colectiva. Las redes sociales han acelerado esa sensación. Hoy las personas no solo experimentan sus propias frustraciones, sino que se conectan de manera inmediata con miles de individuos que sienten exactamente lo mismo. La inconformidad encuentra eco, se multiplica y se intensifica. La comparación constante con otras realidades genera además una percepción de rezago e injusticia que profundiza el descontento.

La cultura de la inmediatez ha cambiado radicalmente la relación entre ciudadanía y poder. Antes, las sociedades toleraban procesos largos y soluciones graduales; hoy exigen respuestas rápidas, visibles e inmediatas. La paciencia social se ha reducido. Y cuando las soluciones no llegan, el desencanto se convierte en enojo.

En este contexto, la política pública enfrenta uno de sus mayores desafíos: entender no solo los problemas materiales de la población, sino también sus emociones colectivas. Gobernar ya no implica únicamente administrar recursos o ejecutar obras. Implica interpretar el estado emocional de una sociedad compleja, diversa y constantemente expuesta a estímulos que amplifican la incertidumbre.

Por ello, los responsables de la toma de decisiones necesitan incorporar una visión más profunda y estratégica. No basta con reaccionar ante las crisis cuando estas ya estallaron. Se requiere capacidad de análisis retrospectivo para entender las causas acumuladas del malestar, pero también visión prospectiva para anticipar escenarios futuros y construir mecanismos que permitan desactivar tensiones antes de que escalen.

Bolivia atraviesa precisamente ese desafío. Las demandas sociales ya no responden únicamente a necesidades económicas; también reflejan agotamiento emocional, desconfianza institucional y una creciente sensación de incertidumbre frente al futuro. Ignorar ese fenómeno sería un error.

Al final, comprender a una sociedad implica aceptar que detrás de cada protesta, reclamo o frustración existe algo más profundo que una demanda puntual: existe la necesidad humana de sentirse escuchado, reconocido y parte de un horizonte de esperanza.

(*) Tomy Pérez Alcoreza es economista

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