Cada mañana, cuando un docente cruza la puerta del aula, no solo recibe estudiantes dispuestos a aprender matemáticas, lenguaje, ciencias o historia. Recibe también historias que rara vez aparecen en un boletín de calificaciones. Detrás de un rostro cansado, de una mirada perdida o de un aparente desinterés, muchas veces se esconden noches de discusiones familiares, carencias económicas, violencia, hambre o una profunda tristeza.
Después de varios años de ejercicio docente, he comprendido que uno de los mayores errores del sistema educativo es creer que todos los estudiantes llegan a la escuela en las mismas condiciones para aprender. La realidad demuestra lo contrario. Ningún estudiante puede aprender plenamente cuando carga con problemas emocionales que los adultos no han sabido resolver.
He visto estudiantes que llegan sin haber desayunado; otros, después de haber presenciado conflictos familiares durante toda la noche. Algunos trabajan antes o después de asistir al colegio porque la situación económica de sus hogares los obliga a contribuir al sustento familiar. Muchos hacen un esfuerzo admirable por mantenerse despiertos durante la clase, por cumplir con sus tareas y por prepararse para sus evaluaciones, pero el agotamiento físico y emocional termina imponiéndose.
Con demasiada frecuencia confundimos el bajo rendimiento con falta de interés o irresponsabilidad. Sin embargo, antes de juzgar a un estudiante deberíamos preguntarnos qué batalla está librando en silencio. Ningún niño o adolescente debería cargar con problemas que pertenecen al mundo de los adultos.
Los datos nacionales confirman que esta realidad no es un hecho aislado. En Bolivia, alrededor de 35.000 estudiantes abandonaron las aulas, según reportes difundidos por el Ministerio de Educación y el INE correspondientes a 2025. Detrás de esa cifra no existen únicamente dificultades académicas; también hay pobreza, violencia, trabajo infantil, problemas familiares y afectaciones emocionales que terminan alejando a muchos niños y adolescentes de la escuela.
A ello se suma otro dato alarmante. Hasta septiembre de 2025 se registraron 6.818 denuncias por delitos contra niñas, niños y adolescentes, de acuerdo con el Observatorio de Delitos contra la Niñez y la Adolescencia, el Ministerio de Gobierno y UNICEF. Estas cifras reflejan una realidad que inevitablemente ingresa a las aulas, porque ningún estudiante puede dejar sus preocupaciones en la puerta del colegio antes de comenzar la jornada escolar.
Incluso cuando la violencia no deja huellas visibles, sus consecuencias permanecen. Estudios respaldados por la OPS/OMS señalan que el 22,3 % de los adolescentes presenta malestar psicológico, porcentaje que asciende al 26,2 % entre las mujeres. Ansiedad, tristeza, inseguridad, baja autoestima y dificultades para manejar la frustración afectan directamente la capacidad de aprender, relacionarse con los demás y proyectar un futuro.
Por ello, la educación emocional no puede seguir considerándose un complemento opcional del currículo. La UNESCO recomienda integrar el aprendizaje socioemocional en todas las áreas y niveles educativos porque fortalece el rendimiento académico, mejora la convivencia escolar, reduce la deserción y favorece el bienestar mental de los estudiantes.
UNICEF también recuerda que el desarrollo infantil no depende únicamente de la adquisición de conocimientos. El afecto, la comunicación, el juego, la escucha y la seguridad emocional constituyen condiciones indispensables para el desarrollo cognitivo, social y emocional. Cuando estas necesidades no son atendidas, aprender deja de ser una prioridad para quien simplemente intenta sobrevivir emocionalmente.
Frente a esta realidad, la escuela continúa siendo uno de los espacios más importantes de protección para niñas, niños y adolescentes. En nuestras aulas convergen estudiantes provenientes de contextos muy diversos: algunos viven en familias estables y otros enfrentan situaciones de abandono, violencia o extrema vulnerabilidad. A pesar de las limitaciones de recursos, tiempo y personal especializado, miles de docentes procuran que la escuela sea un lugar seguro donde cada estudiante encuentre respeto, escucha y esperanza.
Sin embargo, tampoco podemos trasladar toda la responsabilidad a los maestros. La educación emocional comienza mucho antes del primer día de clases. Comienza en el hogar, donde los hijos aprenden a observar cómo los adultos resuelven sus diferencias, enfrentan las dificultades, expresan sus emociones y practican el respeto. No existen familias perfectas, pero sí existen familias que, incluso en medio de las adversidades, deciden educar desde el diálogo, el afecto y la responsabilidad compartida.
Educar emocionalmente no significa evitar que los hijos enfrenten problemas. Significa enseñarles a levantarse después de una caída, a resolver los conflictos sin violencia, a manejar la frustración, a rechazar aquello que pone en riesgo su vida —como el consumo de alcohol, drogas, la violencia o el acoso escolar— y a tomar decisiones responsables aun cuando nadie los esté observando. Esa fortaleza interior constituye una de las mayores herencias que una familia puede ofrecer.
Como docentes, podemos fortalecer la autoestima de nuestros estudiantes, promover actividades cooperativas, desarrollar proyectos que favorezcan la convivencia pacífica, enseñar habilidades para resolver conflictos y crear espacios donde cada alumno se sienta escuchado y valorado. Estas acciones, aunque parezcan pequeñas, pueden cambiar profundamente la trayectoria de una vida.
La educación del siglo XXI no necesita únicamente estudiantes con mejores calificaciones. Necesita ciudadanos capaces de convivir, dialogar, respetar las diferencias y afrontar las dificultades con equilibrio emocional. Si aspiramos a construir una Bolivia más justa, solidaria y pacífica, debemos comprender que educar las emociones no es una tarea secundaria: es una responsabilidad compartida entre la familia, la escuela, las instituciones y toda la sociedad.
Porque detrás de cada estudiante hay una historia que merece ser comprendida. Y solo cuando el conocimiento camina de la mano con el afecto, la educación cumple verdaderamente su propósito: formar personas capaces de transformar su vida y, con ella, el futuro del país.
(*) Jovita Avis Rondal es profesora licenciada