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Jueves, 16 de julio de 2026 a las 05:00

El más reciente episodio de controversias entre América y España comenzó en 2019, cuando el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, envió una carta al rey Felipe VI solicitando que ofreciera una disculpa por los abusos cometidos durante la conquista de su país.

Ese hecho, cuyas consecuencias llegaron al presente, grafica el imaginario popular prevalente en nuestros países respecto a España y también se advirtió en las conversaciones que giran en torno al Mundial de Fútbol.

Y mientras abundan las versiones sobre la invasión española a América, escasean las que se refieren al verdadero alcance de la historia. Para empezar, la relación entre América y la corona española tiene su punto de origen con la llegada de Cristóbal Colón al continente, en 1492; pero, antes de entonces, el país que hoy conocemos como España ya tenía un pasado milenario.

La península ibérica fue habitada por íberos, celtas y otros pueblos mucho antes de convertirse en provincia romana. Durante casi siete siglos formó parte del Imperio romano, del que heredó el latín, el derecho y buena parte de las instituciones que todavía influyen en el mundo occidental. Después surgió el reino visigodo y, en el año 711, comenzó la conquista musulmana que dio origen a Al-Ándalus, una de las civilizaciones más brillantes de la Edad Media.

La España que llegó a América fue, en realidad, el resultado de ocho siglos de guerras, alianzas y procesos de integración. Mientras los reinos cristianos avanzaban en la llamada Reconquista, Castilla y Aragón fueron consolidando una unidad política que alcanzó un punto decisivo con el matrimonio de Isabel y Fernando. Apenas unos meses después de la toma de Granada, el último reino musulmán de la península, Cristóbal Colón inició el viaje que cambiaría la historia del mundo.

Por eso, reducir la historia de España a la conquista de América es tan equivocado como reducir la historia de América únicamente a la conquista española. Ambas sociedades existían mucho antes de encontrarse y ambas llegaron a ese encuentro después de recorrer largos y complejos procesos históricos.

También conviene recordar que la incorporación de América a la Monarquía Hispánica no fue un fenómeno uniforme. México tuvo una experiencia distinta a la del Perú; y Charcas, a su vez, siguió un camino diferente al de ambos. En nuestro territorio existían naciones organizadas mucho antes de la expansión del Tawantinsuyu y de la llegada de los españoles. Documentos como el Memorial de Charcas muestran que numerosos curacas reconstruyeron la memoria de sus pueblos y explicaron cómo habían pasado de la autoridad de sus propios señoríos al dominio inca y, posteriormente, a la Corona española. Esa realidad es mucho más compleja que los relatos simplificados que suelen repetirse.

La historia no debe servir para alimentar agravios permanentes ni para justificar orgullos ciegos. Debe servir para comprender. España dejó en América un legado contradictorio, como ocurre con casi todos los grandes procesos históricos: hubo guerras, sometimiento y explotación, pero también instituciones, universidades, ciudades, un sistema jurídico y una lengua que hoy comparten más de seiscientos millones de personas. Apuntar eso no es “glorificar al imperio español” sino, simplemente, señalar hechos.

Cinco siglos después, quizá sea momento de sustituir los eslóganes por el estudio y las consignas por los documentos. Solo así podremos entender que la historia de España no comenzó en 1492, como tampoco la historia de América comenzó con la llegada de los españoles. Ambas eran civilizaciones con un largo pasado cuando sus destinos terminaron por encontrarse.  

(*) Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo

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