Hemos dejado establecido que España no tuvo colonias en América, sino virreinatos. Esa es una verdad tan grande como el hecho de que las autoridades virreinales cometieron abusos contra los indios.
Aunque suene redundante, las primeras instancias de gobierno español en América fueron las gobernaciones. Estas fueron las primeras en fijar las relaciones con los indios. En el caso de la Gobernación de Nueva Castilla, esta fue concedida a Francisco Pizarro, quien logró apoderarse de la mayor parte del Tawantinsuyo mediante alianzas con los mallkus y caciques de las naciones que no estaban de acuerdo con el gobierno del inca.
Las alianzas se establecieron sobre la base del respeto a los derechos de los mallkus y caciques a quienes, al principio, se les dejó en posesión de sus tierras y con asignaciones de indios que estaban sometidos a obligaciones tributarias.
Pero, con el paso de los años, los gobernantes españoles desconocieron los acuerdos y comenzaron a apoderarse de tierras y establecer más obligaciones, como la mita.
En ese marco, resultó lógico que los descendientes de la nobleza incaica añoraran el régimen de los incas y se plantearan la posibilidad de su restitución. Ocurrió, entonces, un fenómeno de transformación de memoria histórica: se olvidaron de los errores del incario y se sublimó sus aspectos positivos. Se mantuvo, especialmente, el supuesto carácter moral del Tawantinsuyu basado en la trilogía del ama swa, ama llulla y ama qilla.
Hubo un elemento más en esta conversión: se perdió todo recuerdo de las culturas preincaicas y solo quedaron las ruinas de Tiwanaku como remota referencia. Eso explica el ideal que inspiró los grandes levantamientos indígenas, al que se adhirieron los mestizos a lo largo de la historia. Durante las guerras de independencia, la restitución del incario, o la instauración de un gobierno basado en él, fueron planteamientos de personajes como Francisco de Miranda, Manuel Belgrano, Juan José Castelli o José de San Martín. Castelli, incluso, conmemoró el primer aniversario de la Revolución de Mayo con una ceremonia en Tiwanaku.
Y es que, para esos tiempos, la memoria histórica ya estaba transformada. Los indios y mestizos que vivieron en los virreinatos nunca supieron que el incario se formó sobre la base de invasiones, muchas de ellas tan violentas que arrasaron pueblos enteros, como ocurrió con el poblado de Nasavacollo, en los Chichas.
El imperio incaico fue una monarquía teocrática que no distribuía equitativamente los beneficios de la explotación de la tierra. Uno de los autores que lo hizo notar era considerado revolucionario, Liborio Justo, quien publicó que “la masa de la población del Tahuantinsuyu, en su conjunto, era esclava del Inca y de su minúscula casta gobernante y, no atender a esa masa era ir contra los propios intereses de los esclavizadores”.
Entonces, sí fuimos esclavos en el pasado, pero no de los españoles, sino de los incas. Sus ejércitos nos invadieron, entramos en guerra, nos derrotaron y nos convirtieron en sus tributarios. Interpretando a los cronistas, Justo dijo que la producción agrícola se dividía en tres: las tierras del sol, las del inca y las de los ayllus. Esa era la forma de distribuir la producción: las masas solo tenían derecho a la tercera parte.
Las naciones sometidas no estaban conformes con el gobierno del inca y, por eso, cuando llegaron los españoles, muchas los vieron como libertadores. Por eso fue que se hizo pactos con ellos. Por eso fue que los ejércitos de Pizarro estaban integrados por miles de indios con los que tumbó al imperio incaico.
Pero eso no nos enseñan en las escuelas y colegios. Tal vez ahora hasta enseñen a bloquear, en lugar de la verdadera historia.
(*) Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo