El sacerdote agustino fray Antonio de la Calancha fue el primero en publicar que “de las barras de plata que se han sacado del rico Cerro de Potosí, se pudiera hacer un puente de ellas desde esta villa a España”. La versión fue recogida por Bartolomé Arsánz y sirvió para graficar el saqueo que sufrió la Villa Imperial durante el periodo virreinal.
Pero luego se armó una variante: se dijo que, así como se podía construir un puente de plata desde Potosí a España, se podía hacer otro puente con los huesos de los indios que murieron en la mita.
En ambos casos, estamos hablando de figuras literarias, difíciles de probar científicamente. Incluso Eduardo Galeano, al que se atribuye la versión del puente de huesos, publicó que “la imagen es, sin duda, obra de fantasía”.
Lo que sí es cierto es que la mita fue un sistema cruel instituido por el virrey Francisco de Toledo con el expreso propósito de procurar mano de obra indígena para las minas de Potosí. Mucha gente murió bajo ese sistema, tanto que, según prueba un documento que reencontré en la Biblioteca Nacional de España, “cuando se pregona la yda a Potosí y se nombran los indios se levanta un llanto muy general de las mujeres y de los hombres como si en cada casa muriera un muerto”.
Pero aquí hay dos datos que se manejan poco y, si se manejan, se lo hace con discreción: el primero es que no murieron millones y el segundo es que las Leyes de Indias; es decir, promulgadas por los reyes de España, no instituyeron la mita. Lo hizo un virrey, Toledo, motivando un debate que se prolongó hasta los últimos años de la dominación española.
En 1984, un historiador inglés, Peter John Bakewell, publicó un dato que conmocionó a la academia: la mita no era enteramente obligatoria porque “trabajadores indios voluntarios irían a aparecer allí, comprometidos en la producción de plata”. Y, si eso no está totalmente claro, añadió que “Voluntario significa aquí que estos trabajadores no estaban obligados a trabajar en Potosí por ninguna estructura compulsiva impuesta por el gobierno colonial español”.
Aunque los datos de Bakewell estremecían toda la narrativa oficial sobre la mita, estos no fueron recogidos por la mayoría de los historiadores bolivianos, incluso hasta hoy. Aparentemente, no quisieron provocar a las corrientes que manejan, hasta hoy, la versión de que los indios fueron esclavizados e, incluso, exterminados. El discurso del exterminio, que realmente corresponde a lo que hicieron los ingleses con los indios de Norteamérica, resultó ser muy útil para los políticos que, utilizando el victimismo, manipularon —y manipulan— a los indígenas para arrojarlos en contra de los no indígenas.
Pero los datos de otro inglés, Joseph Barclay Pentland, muestran una realidad muy diferente: en 1826, cuando Bolivia comenzaba a existir como República independiente, tenía aproximadamente 1.100.000 habitantes y, de estos, 200.000 eran blancos o criollos, 100.000 eran negros y mulatos y 800.000 eran indígenas. Si hubo genocidio, si los españoles llegaron a Sudamérica a matar indios, ¿cómo fue que el 72,73 por ciento de la población boliviana de 1826 era indígena? Y aquí viene una pregunta más interesante: ¿cómo se explica la reducción del porcentaje de indios desde entonces?
(*) Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo