Durante años, el Trópico de Cochabamba fue sinónimo de movilización inmediata. Bastaba una señal de Evo Morales para que miles de personas bloquearan carreteras, cercaran ciudades o se declararan en vigilia permanente. Hoy, sin embargo, el escenario parece distinto. Ahora el Chapare ya no responde como antes, hay cansancio y también mucha incertidumbre.
El próximo 11 de mayo, Evo Morales enfrentará en Tarija un juicio oral por trata agravada de personas, acusado de haber mantenido una relación con una menor de edad durante su mandato presidencial. La justicia boliviana considera este como uno de los procesos más delicados y de mayor gravedad que enfrenta el exmandatario desde que dejó el poder en 2019. La Fiscalía reunió más de 170 pruebas y la pena prevista podría alcanzar hasta 20 años de prisión.
Más allá de la dimensión judicial, el proceso abre otro debate: el desgaste político y simbólico de un liderazgo que durante casi dos décadas parecía indestructible. Y lo llamativo aquí no es únicamente el juicio. Llama la atención el silencio en el Chapare, de quienes saltaban a la mínima provocación.
Hay dirigentes que todavía sostienen la narrativa de persecución política, pero también existe agotamiento en las bases. Muchos productores dejaron de ver sentido en las vigilias eternas alrededor de Morales. Permanecer semanas enteras en resguardo del exmandatario implica abandonar chacos, perder cosechas de coca y cítricos, dejar de generar ingresos en medio de una crisis económica que también golpea al corazón del movimiento cocalero.
En conversaciones reservadas dentro del propio Trópico, varios admiten algo que hasta hace poco era impensable: la protección permanente a Evo Morales comenzó a percibirse como una carga. Algunos incluso describen su actitud en el autoexilio como “caprichosa”, desconectada de la realidad que atraviesan sus propias bases.
Y allí aparece uno de los cambios políticos más profundos que dejó el MAS tras casi veinte años de hegemonía: sus bases dejaron de movilizarse únicamente por identidad ideológica. Hoy hacen cálculos, evalúan costos, beneficios y posibilidades reales de poder. La lealtad automática empezó a erosionarse.
La prueba más clara fue el fracaso de “Evo Pueblo” en las elecciones nacionales y subnacionales. La caída del proyecto Morena el día de las inscripciones terminó empujando a muchos de sus operadores políticos a camuflarse en alianzas y partidos incluso de derecha, una escena que hace dos décadas habría parecido una herejía política.
Sin embargo, el evismo intenta renacer, los lugartenientes sindicales aun de pie, especialmente en áreas rurales, realizan reuniones reservadas y asambleas discretas. Se habla de rechazar al nuevo gobierno y de impedir que “un español maneje el país”, frase repetida como consigna y utilizada para cohesionar a sectores que todavía responden emocionalmente al liderazgo de Morales.
Pero creo que el tablero político cambió. Cochabamba ya no se percibe como el centro gravitacional de la política boliviana, como lo fue durante la consolidación del MAS. El eje comenzó a desplazarse hacia Santa Cruz, donde emergen nuevos liderazgos y nuevas disputas sobre el rumbo del país. Las nuevas realidades en esta nueva etapa.
Mientras tanto, Evo Morales enfrenta quizás el momento más complejo de su vida política. La decisión de su defensa de no presentarse a la audiencia, denunciando irregularidades y vulneraciones al debido proceso, vuelve a instalar la estrategia de confrontación con la justicia. Pero incluso esa narrativa parece tener menos fuerza que antes.
Hoy el evismo enfrenta algo más complicado que un juicio: el cansancio de su propia gente. El silencio del Trópico no necesariamente significa abandono total.
Pero sí revela algo que en política suele ser irreversible: la pérdida de la mística.
(*) Miroslava Fernandez Guevara es periodista y politóloga