Santa Cruz y Bolivia despidieron ayer a uno de esos hombres cuya dimensión humana solo se comprende plenamente cuando ya no están. La partida de Runy Callaú Monasterio deja un vacío difícil de llenar, pero también un legado que trasciende cualquier cargo, uniforme o reconocimiento oficial. Su vida fue un testimonio de servicio, coraje y solidaridad, virtudes cada vez más escasas en tiempos en los que predominan el interés personal y la búsqueda de recompensas inmediatas.
Desde muy joven, Callaú entendió que ayudar a los demás no era una actividad ocasional, sino una forma de vida. Se inició en tareas de rescate junto al equipo Pantera y posteriormente se convirtió en uno de los impulsores del SAR FAB Santa Cruz, fundado en 1993 tras una experiencia conjunta con rescatistas de Cochabamba. Más adelante dio vida a Fundación de Salvamento y Rescate (Funsar), institución desde la cual participó en más de 11.000 operativos de emergencia en distintas regiones del país.
Detrás de esas cifras existe una historia mucho más profunda: la de un hombre que acudía allí donde otros retrocedían. Incendios, accidentes, inundaciones y desastres naturales encontraron siempre a Callaú dispuesto a intervenir, muchas veces poniendo en riesgo su propia vida para salvar la de otros. Compañeros de rescate recuerdan que en al menos tres ocasiones estuvo a punto de perder la vida durante operativos de salvamento. Para él, sin embargo, el peligro nunca fue un argumento para la indiferencia.
Su filosofía era sencilla y poderosa: las personas necesitaban ayuda independientemente de si podían pagarla o no. Quienes compartieron misiones con él recuerdan que repetía constantemente que el trabajo del rescatista era servir, sin esperar nada a cambio. La recompensa, decía, estaba en la sonrisa de quien volvía con vida a casa. Incluso no eran pocas las ocasiones en las que aportaba recursos de su propio bolsillo para combustible, equipos o materiales necesarios para una operación.
Su contribución tampoco se limitó a las emergencias. Callaú entendió que el conocimiento y la preparación son tan importantes como la valentía. Por ello dedicó buena parte de su vida a formar nuevas generaciones de voluntarios y a sembrar la cultura de la prevención y la respuesta organizada ante los desastres. Como recordó su esposa, Mary Luz Farfán, dejó “esa semillita” en jóvenes de distintas provincias para que aprendieran a proteger y servir a sus comunidades.
Ni siquiera el accidente cerebrovascular que sufrió en 2021 logró apartarlo de esa misión. Mientras enfrentaba las secuelas de la enfermedad, continuó promoviendo la capacitación y alentando el trabajo voluntario. La fortaleza con la que afrontó esos años difíciles reflejaba el mismo carácter que había mostrado durante décadas en cada emergencia: la determinación de seguir adelante y de continuar siendo útil para los demás.
La declaración de duelo departamental y los homenajes anunciados por distintas instituciones reflejan el reconocimiento de una sociedad agradecida. Sin embargo, el verdadero homenaje a Runy Callaú no estará en los decretos ni en las ceremonias, sino en cada joven que decida ponerse un uniforme de voluntario para ayudar a otros, en cada ciudadano que entienda que el servicio es una forma superior de liderazgo y en cada persona que, frente al sufrimiento ajeno, elija actuar en lugar de mirar hacia otro lado.
Las sociedades suelen reservar la palabra héroe para personajes lejanos o ficticios. Bolivia tuvo uno muy real y muy cercano. Se llamó Runy Callaú y dedicó su vida a salvar la de los demás. Ese es un legado que merece ser recordado mucho más allá de estos días de despedida.