Existen confesiones que valen más que mil discursos, una de esas fue la de Luis Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, quien afirmó recientemente que nunca fue realmente de izquierda y que el mundo avanza hacia posiciones de centro. No me sorprendió, pero me pareció tardío. También terminó por reconocer una realidad que muchos prefirieron ignorar durante décadas: las ideologías no gobiernan, gobierna el pragmatismo del poder.
Esta declaración de Lula desnuda una verdad incómoda para América Latina: el socialismo del siglo XXI, presentado durante años como alternativa moral al capitalismo y como redención de los excluidos, terminó chocando contra los mismos vicios que prometía erradicar: concentración de poder, corrupción, clientelismo y culto a la personalidad. Bolivia es quizás uno de los ejemplos más claros de esa contradicción.
Recordemos que la izquierda boliviana nació de luchas obreras, de la resistencia clandestina y de la búsqueda de justicia social tras la Guerra del Chaco. Del PIR al POR, del nacionalismo revolucionario al MIR, donde sus líderes construyeron esa narrativa de transformación que sedujo a generaciones enteras. Sin embargo, con el tiempo, la revolución fue reemplazada por la administración del poder y los ideales cedieron ante cálculos políticos.
El MIR terminó abrazando la democracia pactada y el pragmatismo neoliberal; décadas después, el MAS logró algo que ninguna fuerza política había conseguido: construir una mayoría popular e indígena capaz de conquistar el Estado, pero la historia volvió a repetirse. La llamada “nueva izquierda” terminó convirtiéndose en una nueva élite, bajo una máscara.
Quienes denunciaban privilegios, construyeron privilegios propios, quienes condenaban el centralismo, fortalecieron un modelo aún más concentrado, los que prometían descolonización reprodujeron prácticas señoriales. Y quienes hablaban de democracia, terminaron desconociendo los límites que la propia democracia impone. El resultado fue el colapso de un proyecto político que confundió hegemonía con eternidad.
Sin embargo, el problema actual de Bolivia no es únicamente el fracaso de la izquierda. Sería demasiado fácil culpar exclusivamente a una corriente ideológica. El verdadero drama es que el país parece haber quedado atrapado en una política agotada, incapaz de ofrecer soluciones reales más allá de los relatos. Porque si el MAS simbolizó el desgaste de la izquierda, la actual administración representa el vacío posterior al derrumbe.
Bolivia atraviesa más de cincuenta días de bloqueos, pérdidas millonarias, escasez de productos básicos y una creciente desesperación social. Y justamente, el hijo político e histórico de una de las corrientes más importantes de la izquierda democrática boliviana, encabeza un gobierno que parece incapaz de construir consensos, restaurar la autoridad del Estado o devolver certidumbre a una población exhausta, decepcionada.
Quizás el problema nunca fue el socialismo ni el liberalismo, sino haber convertido la política en una religión y a los líderes en profetas. Mientras Evo Morales sigue alimentándose del descontento, el miedo y las promesas inconclusas de un proyecto que en casi dos décadas no logró materializar muchas de las transformaciones que ofreció, Rodrigo Paz transmite la imagen de un gobernante más preocupado por administrar el costo político que por enfrentar las crisis que asfixian al país. Entre un líder que intenta resucitar un pasado agotado y otro que parece gobernar según la dirección del viento, Bolivia permanece atrapada en un ciclo de frustración donde los discursos abundan, pero las soluciones reales siguen inexistentes.
Por eso, quizás la noticia más importante no sea la confesión de Lula, lo verdaderamente importante, mientras seguimos estancados, es lo que simboliza: el fin de una época.
(*) Miroslava Fernandez Guevara es periodista y politóloga