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Del “nadie se cansa” al agotamiento nacional

Domingo, 07 de junio de 2026 a las 05:00

”¿Quién se cansa? ¡Nadie se cansa! ¿Quién se rinde? ¡Nadie se rinde!” La consigna aún me resuena en la memoria, era 2019 y una joven la repetía con la fuerza de quien protagoniza un momento histórico. Miles le acompañaban en las calles de La Paz, entonces, el sacrificio parecía tener sentido. El bloqueo es, aún, una herramienta legítima de resistencia, una expresión de rebeldía cívica frente a un poder que muchos consideraban agotado.

Siete años después, la escena es otra, La Paz lleva más de un mes asediada por bloqueos, la escasez de combustible es dolorosamente normalizada, los alimentos llegan a cuentagotas y la incertidumbre económica golpea a quienes viven del día a día. Pero esta vez ya no hay épica, puro y simple cansancio. Y cuando una sociedad comienza a cansarse, no solamente se desgasta un gobierno; se desgasta la propia confianza en la institucionalidad.

Durante años, Bolivia sobrevivió gracias a una economía sostenida por la renta y por la aparente capacidad del Estado de distribuir recursos, subsidios y estabilidad. Hoy ese modelo muestra señales evidentes de agotamiento. El combustible escasea, las reservas son insuficientes y el margen de maniobra política se reduce cada día.

Mientras tanto, el Gobierno parece atrapado entre dos caminos que no se anima a recorrer completamente: ceder o imponer autoridad, ser el policía bueno o el policía malo, a estas alturas ya no existen “grises”. Pero hay algo todavía más preocupante. Bolivia vuelve a mirarse a sí misma a través de sus viejas fracturas.

La tensión entre campo y ciudad, entre lo indígena y lo urbano, entre regiones y visiones de país, despierta el terror ancestral al “malón”. De pronto, las redes sociales y los discursos políticos ya no hablan de combustible, inflación o abastecimiento. Hablan de culpables. Hablan de enemigos. Hablan de renuncia. 

Y cuando una crisis económica deriva en una guerra de relatos, suele ser porque el poder ha comenzado a perder capacidad de conducción. Estamos frente a una organización cadáver, una estructura de poder amarrada en retazos, que carece de una élite protectora y sobrevive detrás de una máscara cada vez más desgastada.

Entonces, cuando una sociedad empieza a buscar enemigos, deja de buscar soluciones, por eso el problema actual trasciende los bloqueos. Porque lo que está en juego no es solamente la capacidad del Gobierno para despejar carreteras o garantizar combustible, está en juego la legitimidad misma del poder político. Porque cuando el ciudadano deja de creer en quienes gobiernan, deja también de creer que el sacrificio tiene sentido.

El problema para el actual gobierno es creer que la paciencia social es inagotable, esto le puede pasar factura y derivar en una crisis de confianza colectiva. Y esa parece ser la diferencia fundamental entre 2019 y 2026.

En 2019 miles de personas estaban convencidas de que resistir podía cambiar el país. Hoy millones de bolivianos solo quieren que el país funcione. Y cuando una sociedad deja de pedir transformaciones para empezar a exigir normalidad, lo que está en crisis ya no es solamente un gobierno: es la confianza misma en el futuro.

(*) Miroslava Fernandez Guevara es periodista y politóloga

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