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Un país al borde del abismo

Martes, 26 de mayo de 2026 a las 04:00

La crisis política boliviana ha entrado en una fase de desgaste peligroso, donde la confrontación permanente amenaza con arrastrar al país hacia un escenario de mayor fractura social e incertidumbre institucional. Las recurrentes movilizaciones promovidas por sectores afines al expresidente y caudillo cocalero Evo Morales Ayma, particularmente en el occidente del país, vuelven a colocar sobre la mesa la exigencia de renuncia del presidente Rodrigo Paz, en una espiral de presión callejera que parece no encontrar límites ni canales efectivos de solución. Tampoco puede soslayarse la advertencia lanzada por el Comité pro Santa Cruz, ante la inacción de las fuerzas del orden, de desbloquear rutas departamentales convocando a la ciudadanía a hacerlo efectivo desde este martes, lo que puede derivar en hechos de consecuencias imprevisibles.

Bolivia vive atrapada en un ciclo político repetitivo con gobiernos debilitados, protestas interminables, bloqueos de carreteras que paralizan la economía y liderazgos de dudosa calidad y cuestionables objetivos que prefieren la confrontación antes que el entendimiento. La calle se ha convertido nuevamente en el principal escenario de disputa del poder. Y cuando eso ocurre, la democracia comienza a erosionarse lentamente, porque las instituciones dejan de ser el espacio natural para resolver diferencias.

El problema no radica únicamente en la legitimidad de las demandas sociales, muchas de ellas vinculadas al deterioro económico, la inflación, el desempleo y el creciente malestar ciudadano. El verdadero riesgo está en la utilización política de ese descontento como mecanismo de asfixia institucional. La estrategia de presión sostenida, bloqueos y amenazas de convulsión social no solo golpea al Gobierno; golpea sobre todo a millones de bolivianos que observan con angustia cómo la estabilidad nacional vuelve a pender de un hilo.

Bajo tales circunstancias, el presidente Rodrigo Paz enfrenta un prematuro debilitamiento político. Su capacidad de convocatoria parece insuficiente para contener una crisis que crece día a día y que revela fracturas internas en el propio aparato estatal. La ausencia de acuerdos sólidos, la falta de operadores políticos eficaces y la debilidad de un discurso capaz de reconciliar al país alimentan la sensación de vacío de poder. Y en Bolivia, la percepción de fragilidad gubernamental suele convertirse rápidamente en incentivo para nuevas presiones.

Pero tampoco la oposición movilizada parece ofrecer una salida clara. Las demandas maximalistas, centradas exclusivamente en la caída del primer mandatario, profundizan el clima de polarización y reducen los espacios para una negociación racional. Bolivia necesita soluciones políticas, no victorias de demolición. La experiencia histórica demuestra que los gobiernos que caen bajo presión extrema dejan heridas profundas y generan inestabilidad prolongada.

En medio de esta peligrosa polarización, la Iglesia Católica vuelve a aparecer como una de las pocas instituciones con capacidad moral y política para tender puentes. La influencia de la Conferencia Episcopal Boliviana podría resultar decisiva para abrir un espacio de diálogo nacional que permita descomprimir el conflicto antes de que la situación se torne inmanejable. Ya ocurrió en otros momentos críticos de la historia boliviana, cuando la mediación eclesial ayudó a evitar desenlaces traumáticos.

La sociedad boliviana necesita reencontrarse con la serenidad y el sentido común. El país no puede seguir viviendo al borde del abismo, atrapado entre bloqueos, amenazas y discursos incendiarios. Cada día de confrontación erosiona la economía, deteriora la convivencia y profundiza el cansancio ciudadano.

Todavía existe una oportunidad para evitar que la crisis haga volar por los aires la paz social y la tranquilidad, ya alteradas, de los bolivianos. Pero esa salida exige grandeza política, renuncias mutuas y voluntad sincera de diálogo y concertación en beneficio de las grandes mayorías. Del supremo interés nacional. 

Nadie ganará si Bolivia termina hundida en otro ciclo de violencia e ingobernabilidad. El país necesita encontrar, cuanto antes, una luz al final del túnel.

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